EL TEATRO AVELLANEDA

Luisa Martínez Casado
Ensayo literario sobre la vocación de una gran actriz y la vida de una gran mujer

Escrito por: Eduardo Martínez Dalmau
Obispo de Cienfuegos

____________________________________________________________

EL TEATRO AVELLANEDA

Sentíase en Cienfuegos la necesidad de poseer un buen teatro, porque cuando éste responde a sus legítimas tradiciones, es recreo del espíritu y cátedra de orientación humana. Además, el teatro, el buen teatro, se contó siempre entre las grandes glorias que adornaron al genio español. Los nombres de un Lope, de un Tirso, de un Moreto y de un Calderón, figuran entre los maestros del género, y la reputación universal de que disfrutan no se debe a la amplitud de la producción, sino más bien a la profundidad intuitiva con que en sus obras se analizan y proponen a la consideración del lector los grandes y complicados problemas que pesan sobre la vida humana. El reclamo popular llegado a oídos del gobernador don Francisco Mahy, le incitó a concentrar su atención sobre este extremo. Pero no logró llevar a la práctica sus proyectos, impedido de realizarlos por las rivalidades surgidas entre vecinos acaudalados e influyentes, que querían apropiarse de la mejor parte de la honra y ... del provecho. Francisco Mahy era hombre de realidades. No adornaba su espíritu una cualidad que mueve a los verdaderos talentos organizadores: imaginación, apoyada en cierta dosis de optimismo. y desistió de la empresa.

Don Luis Martínez Casado se hizo entonces el propósito de sumar otras voluntades para llevar adelante su idea. Dotado de relativa experiencia en el campo de los negocios, pero sobre todo animado de verdadero entusiasmo por el proyecto, recabó de hombres de empresa la confianza indispensable para superar las dificultades del financiamiento.

El teatro cienfueguero no surgió de entre las manos de don Luis por obra de encantamiento, que el entusiasmo y el optimismo no ponen en manos del hombre emprendedor la mágica varita que hizo brotar agua de la roca, en tiempos de Moisés, según reza el relato bíblico. No seguiremos aquí las vicisitudes de aquel empeño. Constatemos más bien el resultado final: hacia fines del año 1860, en la esquina del Paseo de Vives, hoy Prado, y la calle de Argüelles, se erigió un teatro, que fue ornamento y orgullo de la ciudad, hasta que en 1868 lo consumió un voraz incendio. Para bautizarlo, eligió Don Luis un nombre ya por entonces ilustre, el de Gertrudis Gómez de Avellaneda, gloria legítima del arte dramático español, y del pueblo cubano en particular, que evoca el nombre de la poetisa y dramaturga camagüeyana con el mismo orgullo y veneración con que los griegos mencionan el de Safo, ya que en ambas se reveló de manera insuperable el poder y la capacidad artística del talento femenino.

La inauguración revistió caracteres de excepcional importancia en los anales de la cultura del pueblo de Cienfuegos. En aquella noche, platea y palcos se desbordaron en público. Pero la atención general y las miradas de cuantos tuvieron la dicha de hallarse allí, las atraía la, visión de una mujer de porte mayestático, ya entrada en años, de frente alta y espaciosa. Cuando ocupó el alto sitial que se le había reservado, y desde allí, paseó sobre el público subyugado por la presencia del numen, sus ojos, cuyas negras pupilas despedían destellos cargados de luz, de fuego y de pasión, ungidos, no obstante, de cierta suavidad y nostálgica tristeza, el público, puesto en pie, rompió en una ovación larga y tumultuosa, fehaciente testimonio de la admiración y el orgullo que su nombre inspiraba y aun inspira a los hijos de esta encantada tierra siboney. Aquella dama, ya lo habéis adivinado, era la Avellaneda, que concurría en persona a la ceremonia.

No era su primera visita a Cienfuegos. Cuando el Coronel Verdugo, su esposo, vino a Cuba, .invitado por el General Serrano, para restaurar las fuerzas quebrantadas después del atentado que le colocara al borde del sepulcro, se le dió la gobernación de Cienfuegos, aunque sólo la retuvo durante un corto período de tiempo.

Las insistentes súplicas de los amigos, y el mismo nombre impuesto al teatro, movieron a la ilustre matrona a emprender el fatigoso viaje a Fernandina de Jagua. Quizá no sea posible hallar en toda la vida artística de Cienfuegos, otra página tan señalada por la conjunción del fervor artístico con el más genuino entusiasmo popular. Para ello hay que llegar a la segunda década del presente siglo (1911), cuando Luisa Martínez Casado se presentaba en otro escenario cienfueguero, por la postrera vez, para inaugurar el nuevo teatro, levantado en Prado y Santa Clara, que había de llevar su nombre por votación popular.

No hacen falta muchos esfuerzos imaginativos para comprender la honda satisfacción que experimentaría don Luis, después de haber llevado a cumplimiento aquella obra de servicio colectivo y de fomento artístico. Mas los afanes de este hombre poseído por la pasión del teatro, no se limitaban tan sólo a edificarlo materialmente. Hubiera deseado contribuir a esa obra de modo más directo, mostrarse en persona en la escena para representar, con la habilidad que el público exige, los personajes que han dado su nombre a las obras teatrales más famosas. Según nos informa Enrique Edo, organizó don Luis su Compañía y con ella se aventuró en el mar tempestuoso de las tablas, para hacerle frente a ese temido público, que un actor tan célebre como Antonio Vico denominaba, “el monstruo de las cien cabezas”. No todos los hombres, sin embargó, vienen a este mundo bendecidos con la firmeza interior que hace falta para encararse con la hidra, y subyugar al dictador que un día crea reputaciones y al siguiente las deshace con sibaritismo iconoclasta. No es de todos triunfar en esa lid cuyos afanes demandan un complejo eminente de cualidades tanto materiales como espirituales; y tal vez fuera una bendición que no hubiera obtenido éxito apreciable en ese sentido. Pues la pasión que le devoraba el alma se concentró con mayor vigor dentro de su espíritu –ya que había que reprimirla–, y la lucha mental trabada en lo interior hizo realidad su ensueño de artista teatral, ya que no en forma directa y por su propia persona, por algo y por alguien que ya estaba muy cerca de él–, tan cerca que no lo pudiera estar más: por una de sus hijas, Luisa Martínez Casado.

 

 

<<VOLVER>>