PADRE E HIJA

Luisa Martínez Casado
Ensayo literario sobre la vocación de una gran actriz y la vida de una gran mujer

Escrito por: Eduardo Martínez Dalmau
Obispo de Cienfuegos

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PADRE E HIJA

Luisa nació el 28 de agosto de 1860. Es de observar la fecha de este nacimiento, que tiene efecto cuando apenas han transcurrido cuatro meses de la inauguración del teatro por la Avellaneda. Esto no significa solamente que la pequeña criatura había venido al mundo cobijada espiritualmente bajo la protección augural de la excelsa maestra, para convertirse en su intérprete más notable aquende los mares. Es que, por esa fecha, el alma de don Luis, su padre, movíase, dentro de los límites de su modesta vida, al conjuro de la más grande de sus ambiciones, y el milagro de la herencia, al cristalizar en la criatura los anhelos del progenitor, le hizo el don divino de una niña formada a imagen y semejanza de sus deseos. Amorosamente reclinadas sobre aquella cuna, las tres Gracias la calentaron con la llama del genio artístico, comunicándole junto con el fervor inicial de su vocación, el germen de un poder que tantos ambicionan, sin conseguirlo: el de mandar sobre las almas de sus semejantes; el de adueñarse de sus voluntades para arrastrarlas en pos de sí, levantándolas unas veces y otras hundiéndolas en el mar agitado de los sentimientos, al mágico conjuro de la voz, del gesto,  instrumentos en manos del actor para representar a un personaje, verdadero o fingido, e inspirarnos el amor o el odio, según fueran de buenos o malos sus hábitos, sus ideas y sus pasiones, expuestos delante del público por el autor dramático para ilustrarlo, enseñarlo y amonestarlo, y no tan sólo para entretenerlo y divertirlo.

Fácilmente nos imaginamos, señoras y señores, lo que experimentaría don Luis Martínez Casado, cuando con ojos de hombre experto y conocedor, asistió a los, primeros pasos de Luisa en la difícil palestra del arte dramático.

La llama artística asomaba precozmente, y pugnaba por manifestarse, en la misma forma que lo hacen todos los instintos verdaderos, cuando los ha sembrado en el alma la mano de la naturaleza. Como mueve el ave sus alas por instinto, en la misma forma mueve el alma las suyas, que son las cualidades excelsas de que la ha revestido Dios, y una vez que comienza esa tarea ya no puede abandonarla más, por lo menos en forma voluntaria.

Por suerte, no tropezó Luisa en la realización de su vocación artística, con el obstáculo de un ambiente hostil, como ha sucedido en algunos casos célebres. Todo lo contrario. Aquí el ambiente familiar que le era favorable, le sirvió de estímulo y de acicate.

Luisa dió los primeros pasos de su carrera artística, aún muy niña, en su ciudad natal, sobre las tablas del teatro Avellaneda. Se siguieron una tras otra las representaciones, y el calor de su personalidad se comenzó a sentir. Es verdad que el diamante aún estaba obscurecido por las limitaciones derivadas de la falta de edad, de escuela y de experiencia; pero los reflejos y chispazos que de vez en cuando herían las pupilas del observador, acreditaban el mérito de su valor intrínseco, los subidos quilates de su alta calidad.

Todos estos indicios, cada día más seguros y evidentes, según que la niña iba acometiendo temas de interpretación más difícil, aconsejaban someterla a la prueba de escenarios y auditorios de mayor importancia. Así se hizo. A raíz del incendio que destruyó el teatro Avellaneda, pasó Luisa a La Habana, junto con toda la familia, y tuvo oportunidad de representar en los teatros Albisu y Payret. Sucedió entonces lo que era de esperar. La emulación, ese resorte que moviliza las energías del artista de calidad cuando se enfrenta con otros de su mismo temple, sostuvo a la niña precoz, brindándole la oportunidad de superarse en la representación de su propio papel. Igual que en Cienfuegos –frente a un auditorio que, por amigo, pudiera suponerse prevenido y parcial en su favor–, triunfó en La Habana. De un pequeño libro, de páginas raídas y casi deshechas por el tiempo, pero que guardan el mérito de su veracidad histórica, sacamos, entre cien, la siguiente acotación: “En 1877 contratada ya de dama joven, estrenó con Ceferino Guerra "O locura o santidad", del sublime Echegaray, en el teatro Albisu, de La Habana, obteniendo éxitos de tal naturaleza, que centenares de personas le aconsejaban pasar a la península española, donde creían conseguiría grandes triunfos. Tenía a la sazón 17 años. Ya no cabía dudar más de la vocación y de las aptitudes de Luisa. Llegada ésta, además, a los confines de la pubertad, era fuerza encararse con el problema de su porvenir artístico y resolverlo prontamente. Estaba el fruto en sazón: o se aprovechaba, o fatalmente caería por tierra para perderse y consumirse sin provecho.

Señoras y señores:

Cuando los problemas se estudian en teoría, muchas veces parecen de fácil y lógica solución. Mas cuando hay que llevarlos a la práctica, es decir, cuando se trata de compaginar la ilusión con la realidad, hasta los mejores proyectos pueden naufragar misérrimamente; quedan resueltos "en principio", según suele decirse, pero con resultado parecido al de otros muchos, que en el fondo de impiadosas gavetas duermen, imperturbados, el sueño de los justos. La realidad es madre de la desilusión y de la tristeza, si bien no siempre por culpa de ella. Hay quien cruza con éxito el mar de las realidades más inhóspitas e impone el triunfo de la imaginación sobre la dura realidad. Ya nos hallamos frente a frente con el problema que la vocación de Luisa planteaba. Es un episodio pleno de emocionante interés humano cuya descripción quisiera realizar con habilidad suficiente para no restarle un solo ápice de su valor indiscutible.

En efecto, si se quería que Luisa tuviera la oportunidad de lograr el desarrollo pleno de su talento, había que pensar en trasladarla a medios artísticos más favorables, a España, por ejemplo, como se sugería por el público. Colocada allí bajo la dirección de maestros experimentados en los secretos de la técnica, no lo sería difícil adquirir conocimientos, de valor inapreciable cuando se trata de pulir la obra comenzada por la naturaleza.

Mas ¿cómo realizarlo? El proyecto, no desprovisto de cierta audacia, implicaba el traslado de toda o gran parte de la familia a la madre Patria, con el consiguiente desembolso de sumas un tanto crecidas, y éstas no estaban al alcance de las modestas posibilidades de don Luis, ocupado en traducciones de inglés y francés para un renombrado periódico de La Habana.

Es fácil imaginar el sesgo dramático de la lucha en que interiormente se debatía aquel hombre. Otro cualquiera, menos romántico, menos enamorado del arte, menos convencido de la vocación de su hija; un padre mediocre, hubiérase detenido, indiferente, ante el grave y complicado problema, y, encogido de hombros, hubiera abandonado las cosas a su suerte, descargando la responsabilidad del revés sobre el destino adverso que se ensaña en toda forma con el hombre desprovisto de recursos.”Está visto, hubiera musitado para sus adentros, que el arte se ha hecho nada más que para los ricos...” y conforme con el desahogo estéril, se hubiera sentido perfectamente tranquilo y satisfecho.

Por lo poco que llevamos dicho del progenitor de Luisa, nos damos cuenta cabal de que él no pertenecía al grupo de los que reaccionan en esa forma frente a los graves problemas. Todo el romanticismo que llevan en el fondo de su alma los hombres de su raza, los hombres aquellos que, encarados con una empresa heroica, queman las naves para no dar cabida en el pecho a la cobardía y al apocamiento, se despertó en su corazón; y al corazón, gran consejero de lo arriesgado, de lo sublime, de lo valiente, recurrió en demanda de la resolución que había de tomar en aquel lance apretado. El corazón, como siempre, le sugirió el gesto magnánimo y don Luis respondió: ¡presente! Si no hay más remedio que realizar cuantos escasos bienes inmuebles se poseen; si es fuerza abandonar el empleo lucrativo, e incorporarse como representante del circo Horrings, que se marcha de tournée por el extranjero, alejándose del hogar, sustrayéndose, Dios sabe por cuánto tiempo, al calor de la familia y de los amigos, todo se hará, pero Luisa irá a España.

Saludemos, señoras y señores, con devoción y respeto, al hombre que se comporta en tal forma, y convengamos en que la hija no subestimo tampoco el sacrificio del padre generoso. Interrogada, años más tarde, sobre quién era su mejor amigo, replicaba sin vacilar un momento: mi padre. También es cierto que aquella determinación. resultó ser la más provechosa, aun desde el ángulo puramente económico, y "la que a su debido tiempo, devolvió los réditos más crecidos. Años más tarde –1 de junio de 1888–, Luisa recibía una carta de su padre que debió proporcionarle intensa satisfacción. En ella: el viejo luchador le confiaba la alegría que le proporcionaba la lectura de sus cartas. A renglón seguido le añadía: "Pero hay más. A todos esos deleites, se han unido otros de orden puramente material, que envuelven igualmente la grata bruma de las delicias morales. He tenido que observar con qué presteza, en cuanto cobraste y te valió tu trabajo decorosa recompensa, te apresuraste a girarme dinero. y cómo sin desatender ninguna de tus obligaciones, y teniendo la equidad de ayudar no sólo a tu madre, a Socorro, a Angélica..., sin embargo me mandaste en el transcurso de veinte días, seiscientos cincuenta duros, sin decirme: "colóquemelos, .auméntemelos, adminístremelos, haga esto o lo otro", sino solamente: “ahí van”. Permíteme te confiese que, como un ser ebrio de alegría, como quien tuviera sed de Placeres soñados y se viera con medios de satisfacerlos, cuando creía tener pocos meses de vida, me he proporcionado a mí mismo con tu dinero, un número tan considerable de alegrías, tantas dichas, tantos regocijos, que por mucho que te haya costado atravesar los mares, trabajar y vencer, y ganar y dar, NUNCA serán tus sacrificios equiparables al bien que me has hecho, y al número de bendiciones que he pedido a Dios para tí, ya las horas de legítimo orgullo con que me he solazado diciendo: “Disfruto esto por mi hija”.

Había buena madera de corazón en el padre y en la hija. ¡Valían tanto el uno como la otra!
 

en "Adriana Lecouvrer"

 

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