Memoria sobre los primeros abastecimientos de agua

 

Memoria sobre los primeros abastecimientos de agua

El acueducto de Cienfuegos

Por: Octavio Pérez Valladares

En los primeros tiempos de la colonia Fernandina de Jagua, entre los años 1819 a 1821, el agua para uso doméstico la traían envasada en toneles desde el arroyo Jiquiarí, en rastras y carretas tiradas por bueyes o caballos, cuyos terrenos pertenecían al ingenio Candelaria, situado a cuatro millas al nordeste del entonces poblado. Además, los lugareños consumían agua de lluvia que recogían en sus propias viviendas y depositaban en vasijas de todas clases. Esta agua no era de buena calidad y resultaba escasa, razón por la cual a principios de 1821 se empezó su acopio desde el manantial  denominado El Piojo, ubicado en la margen izquierda del río Salado.

Esta vez el medio de transporte consistía en cachuchas y canoas, hasta el muelle existente entre las calles de Santa Isabel y D’ Clouet en el extremo norte de la naciente ciudad, el cual por ese motivo se llamó  “Muelle del Agua”. Desde allí se distribuía a los domicilios  por los aguadores, en barriles que llevaban al hombro y de puerta en puerta.

En esa fecha la población llegaba a 1.763 entre nativos y extranjeros. Según el censo efectuado en 1824, existían en el poblado cinco carros para el expendio del agua, de modo que ya no era transportada toda por los aguadores, debido al aumento del consumo por crecer la población.

En 1830, el Ayuntamiento autorizó a varios vecinos, encabezados por el Capitán del Puerto, Don Félix Bouyón, a perforar un pozo artesiano para el servicio público, con privilegio por 10 años. La obra comenzó de inmediato al acuerdo, pero fue pronto abandonada porque el agua resultó inapropiada para usos potables.

En 1833 se comenzó a perforar otros y  paralizaron las obras por el mismo motivo. El 5 de mayo de 1837 el Ayuntamiento denegó una solicitud presentada por los aguadores, para aumentar el precio del barril de un real a un real y medio, lo que causó trastornos en el servicio y carencia del líquido por algunos días.

El gobernador interino Carlos Tolrás, desde que tomó posesión  en 1839, prestó mucha atención al problema del agua y comisionó al agrimensor Alejo H. Lanier para que realizara los estudios y traer las aguas del arroyo Jiquiarí en cantidad suficiente para abastecer la población. Después de varios intentos frustrados de resolver definitivamente el conflictivo asunto de la escasez del agua, todavía en 1860 el líquido vital resultaba, en la Fernandina de Jagua, verdadero artículo de lujo.

Casi todas las nuevas casas las construían con aljibes, si se contaba con recursos para ello; y las demás usaban toneles en su mayoría  para depositar las aguas pluviales en la estación de las lluvias. Por entonces, particulares  y el municipio, construyeron algunos aljibes grandes, de donde se abastecían los carretoneros que luego vendían el agua a domicilio. No todos podían adquirir el agua de lluvia, que tenía un precio más alto que la corriente.

El Ayuntamiento poseía algunos carros. Esos llevaban una banderita roja para su identificación por el pueblo, de modo que supiera que se trataba de agua más barata, cinco centavos el barril; y no lo confundieran con los otros, que la cobraban hasta ocho centavos. Entonces era casi prohibitivo bañarse con frecuencia y se carecía de servicios sanitarios.

En 1874 se terminó el acueducto de Jicotea, que traía las aguas del río de su nombre. Ello se debió a la tenacidad de Francisco Fernández Corredor, quien contó con la  cooperación económica del Ayuntamiento y de los vecinos más pudientes y progresistas.

El 25 de abril de ese año fue un día memorable para los anales cienfuegueros, pues sus habitantes vieron por primera vez, llegar agua abundante por cañerías a la población. Y cuenta la vieja crónica que se dejaron abiertas las llaves para que el agua corriera por las calles, entonces sin pavimentar, y el público gozara del espectáculo de los niños bañándose, en lo que había sido, un artículo de lujo. La inauguración oficial fue el 25 de  mayo de 1874 y con ese motivo efectuaron grandes fiestas populares.

Ya antes, en 1868, se había presentado  al Ayuntamiento  un plan  para traer el  agua del río Hanabanilla,  pero sometido a estudios fue económicamente  impracticable; y además, ya se pensaba traer el líquido desde el río Jicotea, que estaba más cerca. También  otro intento hubo en 1872 cuando un particular vino a Cienfuegos a ofrecer la traída del agua desde  el Hanabanilla y su oferta fue aceptada por el Ayuntamiento con carácter transitorio, sin concesión ni privilegio, sólo mientras no llegara a la Villa el agua desde ese lugar, pero al poco tiempo se desistió por el propio interesado.

Así continuó esta situación de falta de agua e intentos diversos por mejorarla, pero sin resultados mayores, lo que se interrumpió por el estallido de la Guerra de Independencia y luego la intervención norteamericana.

En los últimos días del gobierno de Estrada Palma, se manifestó mediante referéndum la voluntad del pueblo de Cienfuegos y su término en que se realizase el empréstito necesario para las obras. Los sucesos de agosto de 1906 y el cambio de situación hizo un alto en el comienzo de las obras.

Al fin Charles  E. Magoon, gobernador provisional de Cuba en la segunda intervención, mediante el Decreto 813 de 1908, mandó a llevar adelante el plan de obras con todas las modificaciones pretendidas por la ciudad, a favor de la cual cedió como donación del Estado a la misma, los 2/5 del importe de dichas obras. 

Serias dificultades impidieron realizar el empréstito acordado por el referéndum y se hizo necesario la rescisión  de los contratos al efecto celebrados. Para obviar dificultades Magoon dispuso que el Estado anticipase a Cienfuegos los 3/5 con que el municipio habría de concurrir al costo de las obras, pero que el Estado habría de mantener  la posesión de las obras hasta reintegrarse del valor de esos 3/5 anticipados.

A fines de octubre de 1911 se conectaron las tuberías del Hanabanilla a las del acueducto de Jicotea, para aumentar el caudal de agua a la ciudad hasta que se terminaran definitivamente esas obras. Debido a que las tuberías del acueducto de Jicotea no estaban en muy buen estado, al conectárseles las tuberías del Hanabanilla hasta que este quedara terminado, la de Jicotea se rompió por varias secciones debido al aumento de presión y las calles se inundaron de agua, lo que dio origen a las quejas del vecindario.

Por decreto del Presidente José Miguel Gómez del 19 de septiembre de 1911, se dio por recibidas las obras del Hanabanilla y este quedó a cargo de la Secretaría de Obras Públicas; su costo ascendió a  $3.500.00, incluyendo las obras del alcantarillado. Años después su mejoramiento y terminación se dispuso por la Ley Villalón del 26 de mayo de 1916, en la que reguló el aumento del caudal de agua, aumento del alcantarillado, plantas de depuración y filtros, pavimentación, etc.

Sólo se pavimentó el centro de la ciudad, pues con la subida de los precios de los materiales por la guerra 1914-1918, los que tuvieron a su cargo el trabajo, la firma de ingenieros Torrance y Potal, no pudieron cumplir el contrato, el cual les fue rescindido por Decreto 193 del 18 de febrero de 1921. De acuerdo con la Ley Villalón había que pavimentar 360.000 metros cuadrados y hasta esa fecha solamente se habían pavimentado 90.000.

Así continuó funcionando, regido por la Secretaría  de Obras Públicas, hasta que en los años 40 se creó el Patronato  del Acueducto de Cienfuegos, pavimentándose algunas calles más y mejorándose el sistema de alcantarillado, pero no con la eficiencia que se esperaba.

El Acueducto de Cienfuegos, consta de dos tanques instalados en el reparto “ La Ceiba”  (barrio Caonao), con una capacidad de 10 millones de galones, la cañería tiene 20 pulgadas de diámetro a la entrada y 24 pulgadas la de salida hasta el cruce de la Calzada y calle de Manacas, donde se reparte en varia cañerías menores.

Los dos tanques son independientes entre sí, corriendo 23 pies de agua por segundos hacia Cienfuegos; cada tanque tiene 63.70 metros de ancho por 107.60 de largo y 6.25 metros de alto. Hay 34 registros para limpieza de los tanques y ambos tienen 384 columnas.

El de Hanabanilla es un acueducto por gravedad, es decir, que no hay que bombear al agua, por desnivel entre la toma y la descarga.

La planta de clarificación se instaló en 1928 y, posteriormente, en la década de los 40 se instaló la planta de filtración, que mejoró aún más las condiciones bacteriológicas del agua, que se consumía en la ciudad.

Ya en marcha la Revolución, y para abastecer la Planta de Fertilizantes recientemente construida, se erigió un tanque de 500.000 galones  de capacidad y para ello se tendieron 39 km. de tuberías desde Paso Bonito.

El acueducto de Cienfuegos ha continuado cumpliendo su misión a través de estos tiempos y, actualmente, se está ampliando la red de distribución de agua a los barrios circundantes, modernizan  la originaria y se atiende, y se mejora, el alcantarillado en general. Así es la Historia. La necesidad ha ido obligando a una ciudad que ya rebasa los 100 000 habitantes, para seguir haciendo eficiente el servicio de agua, lo que continúa siendo un problema por resolver y no por ello fuera de la preocupación constante de quienes están al frente del Gobierno.

 

Tomado de: Radio Ciudad del Mar Digital.  http://www.rcm.cu/  (noviembre de 2002)

 

 

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