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Leyenda
de la Dama Azul
Los
piratas que transitaban el mar de Las Antillas,
mostraban especial predilección por las costas de Cuba. No contentos con
atacar las embarcaciones de alto bordo y las dedicadas al cabotaje, atrevíanse
a hacer desembarcos en la isla y saquear sus haciendas y poblados,
llegando en su osadía hasta penetrar, en los primeros tiempos
coloniales, en La Habana, Santiago de Cuba y otras poblaciones de
importancia.
La
época y el estado indefenso de la isla eran propicios para tales
desafueros. El oficio de bandido de mar era remunerador, y los peligros no
tantos que lo hicieran inapetecible. España no disponía de buques
suficientes para perseguir de modo activo a los piratas, y éstos, por
otra parte, tenían buenas guaridas en islas y cayos. Para evitar estas peligrosas incursiones, se trató en 1682 de fortificar el puerto de Jagua, proyecto que no se llevó a la practica hasta 1742, erigiéndose sobre una pequeña altura, en la parte oeste del cañón de entrada, donde forma recodo, “El Castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua” conocido hoy como “Castillo de Jagua”. Dirigió su construcción el ingeniero militar Don José Tantete quien erigió esta sólida construcción en piedra, de estructura cúbica, con dos niveles, un puente levadizo y una garita abovedada. Todo ello al estilo del prestigioso ingeniero francés Sebastián Le Pestre, que instrumentó su propio sistema de fortificaciones conocido como Vauban - en honor a su status de señor - el que establece la armónica relación entre el paisaje, la topografía y las formas geométricas. Se dotó al Castillo de diez cañones de diverso calibre, suponiendo eran bastantes para ahuyentar a los buques piratas. Pero no se contó que éstos disponían de pequeñas embarcaciones, y que podían introducirse dentro de la extensísima bahía por una de las bocas del Arimao, río que tiene dos brazos, uno que desagua en el mar y otro, conocido por "Derramadero de las Auras", que se dirige a la Laguna de Guanaroca, y comunica por un estero con la bahía. Y sucedió que a pesar del Castillo y de sus cañones, los atrevidos piratas seguían haciendo de las suyas con toda impunidad en la bahía, continuando en sus fechorías sin correr grandes peligros. Para cerrarles aquel camino, hubo de construirse una palizada -de la que todavía quedan vestigios- que cubría el "Derramadero de las auras", logrando así verse al fin libre la bahía de las periódicas e inconvenientes visitas de los piratas.
Como
fortificación, ocupa el tercer lugar entre las de la Isla,
correspondiendo el primero y segundo, respectivamente, al Castillo del
Morro de La Habana, y al de Santiago de Cuba. Hoy los tres castillos solo
tienen valor como monumentos históricos. Puestos a seguir haciendo historia, antes de entrar en la leyenda, no estará de más decir que el primer Comandante del Castillo de Jagua, lo fue Don Juan Castilla Cabeza de Vaca, no sabemos si descendiente de aquel famoso Cabeza de Vaca, explorador y conquistador, pero si de que su esposa Doña Leonor de Cárdenas fue enterrada en la Capilla del Castillo y diez años más tarde lo fue allí también el Primer Capellán del mismo, Pbro. Don Martín Olivera. Castilla además de militar, era hombre de negocios y de iniciativa. Fomentó el primer ingenio de azúcar en Jagua, que estableció en terrenos de la hacienda "Caunao", de la que era condueño, sita a una legua de la bahía. Bautizó dicho ingenio con el nombre de "Nuestra Señora de la Candelaria"; con el trascurso de los años pasó a la sucesión de Doña Antonia Guerrero. Fue esta señora la esposa de Don Agustín Santa Cruz, quien donó los terrenos donde está edificada la ciudad de Cienfuegos.
Durante el siglo XVII el
Castillo de Jagua contuvo el filibusterismo de Francis Drake, Jacques de
Sores, Guillermo Bruce, Juan Morgan, Lorenzo Craff y otros temibles
“lobos de mar”, que pretendían también beneficiar sus coronas con
las riquezas ultramarinas; en 1762 ocupó un relevante lugar en la
historia de Cuba, al servir de sede al mando militar español, frente a la
breve ocupación inglesa de la Isla de Cuba.
Entrando
de nuevo en la leyenda, se cuenta que en los primeros años de construido
el Castillo de Jagua, a horas avanzadas de la noche, un ave rara,
desconocida y venida de ignotas regiones, se dirigía al Castillo, describía
sobre él grandes espirales; a la vez que lanzaba agudos graznidos.
Como
si respondiera a un llamamiento de la misteriosa ave, salía de la capilla
de la fortaleza, desprendiéndose de sus paredes; filtrándose a través
de ellas, un fantasma de mujer, alta, elegante, vestida de brocado azul,
guarnecido de brillantes, perlas y esmeraldas y cubierta toda ella de
cabeza a pies por un velo sutil, transparente que flotaba en el aire, y
después de pasear por sobre los muros y almenas del Castillo desaparecía
súbitamente como si se disolviera en el espacio.
La
fantástica visión se repetía varias noches produciendo el temor entre
los soldados que guarnecían la fortaleza; aquellos curtidos hombres no se
atrevían a enfrentarse con la misteriosa aparición y por temor a ella,
llegaron a resistirse a cubrir de noche las guardias que les correspondían.
Un
joven Alférez, recién llegado, arrogante y decidido, que no creía en
fantasmas y apariciones de ultratumba, se rió de buena gana del temor de
los soldados y para probarles lo infundado que era, se dispuso una noche a
sustituir al centinela.
Hermosa
era aquella noche, brillaban las estrellas en el firmamento y palidecía
la luz por la intensa luna. El mar en calma susurraba dulcemente la eterna
canción de las olas. De la tierra dormida ni el más breve ruido surgía.
El ambiente era de paz y de recogimiento; el Alférez pensaba en su mujer
ausente en lejanas tierras...
De
pronto oyó un penetrante graznido y gran batir de alas, en el preciso
momento el reloj del Castillo daba la primera campanada de las doce.
Levantó el Alférez la cabeza y vio la extraña ave de blanco plumaje,
describiendo grandes círculos sobre la fortaleza y de las paredes de la
capilla vio surgir hacia él, a la misteriosa aparición que los soldados
llamaban La Dama Azul por el color del rico traje que vestía.
El
Alférez dominó sus nervios y fue decidido al encuentro del fantasma.
Lo
que paso después entre La Dama Azul y el Alférez
no se ha podido saber, pero a la mañana siguiente los soldados del
Castillo hallaron a su Alférez, tendido en el suelo, sin conocimiento, y
a su lado una calavera, un rico manto azul y su espada partida en dos
pedazos.
Don
Gonzalo, que tal era el nombre del joven militar
se recobró de su letargo, pero pérdida la razón tuvo que ser recluido
en un manicomio.
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Cienfuegos una Ciudad Ecléctica - escrito por: Fabio Bosh, Jr. |
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