LA MUJER

Luisa Martínez Casado
Ensayo literario sobre la vocación de una gran actriz y la vida de una gran mujer

Escrito por: Eduardo Martínez Dalmau
Obispo de Cienfuegos

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LA MUJER

Ser una grande artista, es cosa muy notable; ser una excelsa y digna mujer, no lo es menos. Lo uno significa guardar fidelidad a una vocación; lo otro es guardársela a la vida.

Para mantenerse fiel a su vocación, cuenta el artista con el estímulo y, si se quiere, con la recompensa inmediata que significa el éxito logrado, la gloria conseguida.

Mas como no sucede lo mismo cuando se trata de permanecer fieles a la vocación humana -si podemos llamarla así-, esa vocación a la rectitud, a la elegancia del vivir, a la virtud, en una palabra, en donde no hay más testigos, ni más gloria, ni más aplausos que los que se escuchan en lo profundo del corazón, no es insólito, sino hasta corriente, presenciar el espectáculo que nos ofrecen hombres llamados a ocupar sitiales eminentes en todo el campo donde ejerce sus facultades el ingenio humano, llámese política, ciencia, arte, industria, cuya existencia está muy lejos de responder a la elegancia de un patrón de vivir superior. y sucede muchas veces que el brillo de una vocación cualquiera, porque está amparada por el éxito, en tal forma nos subyuga y en tal manera cautiva nuestra simpatía el brillo que mana de una personalidad vigorosa, que nos sentimos inclinados a pasar por alto lacras y defectos que turban y rompen el perfil del ídolo, En todo caso, llegada la hora del recuento histórico, el juicio formado del personaje parece inspirarse más en lo que hizo dentro del dominio del arte que en lo que fue en la vida. Por su parte, tanto el biógrafo como el panegirista se valen de su habilidad para tender el velo del olvido sobre tan comprometido predio, y al fin y al cabo la personalidad humana se pierde de vista, confundida entre los fulgores de la obra artística, que es la que queda en pie, para convertirse en el objeto de la contemplación admirativa a los ojos de las generaciones venideras.

No es necesario, señoras y señores, recurrir al manido estratagema, referido anteriormente, para narrar la vida de la eminente actriz cienfueguera.

Podemos abrir de par en par las puertas de su alma sin que nos preocupe el temor de que se levante del fondo del gran público algún irrespetuoso iconoclasta y que tire del manto que cubre el alma del héroe difunto, para señalar defectos o vicios que encubría bajo el resplandor de su personalidad artística.

La mujer cubana, esa mujer que es vuestra madre, y la mía también, puede fijar, con orgullo, sus miradas sobre la vida de su excelsa hermana de la Perla del Sur.

Dijo Rousseau, quizá si evocando las circunstancias en que se desarrolló su triste y azotada existencia, tocada a su final por la locura, que el hombre nace bueno y la sociedad lo pervierte.

Quiere esto decir, que hacerle frente al decadente espectáculo que ofrece 1a humanidad demanda despliegue intenso y continuo de energías, y que para ser bueno hay que vivir continuamente en postura de luchador. y .si tanto es cierto de la vida en general, refiriéndonos a sus, seducciones ya sus peligros, lo es más cuando el sujeto se traslada al medio ambiente del teatro; que esta más erizado de dificultades, como que es más fecundo en oportunidades. y si esto es así-y lo conceden todos-, más valor tienen las excepciones, que las hay, y Luisa Martínez Casado es una de las más honrosas. Pero, ¿por qué pudo ella vivir en la forma edificante y austera en que lo hizo durante esos años de vida de constante trasiego, sin hogar estable, sin tener casi tiempo de pensar en lo que ocurría dentro de su propia alma? ¿Cómo es que ni entonces, ni ahora, es posible repasar las páginas del álbum de su existencia, y que se ofenda la vista con nada que empañe su brillo humano? ¿Cómo es que su devoción a la vida en aquello que ésta tiene de elevado y noble, se mantuvo perseverante, sin eclipses ni vacilaciones, desde el otro hasta el ocaso?

Es porque al enfocar el problema de 1a vida, y el de la felicidad a que se aspira por instinto, lo hizo dando oídos a los impulsos más nobles que llevaba latentes dentro de una naturaleza que, para ser buena, no tenía más que desearlo. ¿Cómo comprendéis la felicidad? Se le preguntaba y respondía: con la paz de la conciencia.

- “¿Qué consejo daríais a la persona amada por vuestro corazón?”

- Que no hiciera nunca cosa que no pudiera decir sin avergonzarse.

Por eso el ideal que ella se formaba de la mujer y el que trató de realizar en su propia vida, no consistía principalmente, ni en la belleza de las formas, ni en la riqueza que puede sostenerla y darle realce con el brillo de adornos y preseas, de que jamás hizo alarde, ni en escenarios ni en saraos.

Una mujer ideal -decía-, es la que es capaz de todo lo bello y de todo lo bueno, que, para ser sublime, sólo le falta ser madre. y para conseguirlo, puesto que el vestir de ideal la naturaleza humana es como ponerle una camisa de fuerza, no se hizo ilusiones, sabiendo, según ella misma lo dejó escrito, que la perfección, lo mismo la artística que la moral: es lo más difícil de hallar. Con seguridad que había leído y captado el significado de las palabras evangélicas: el reino de Dios no se rinde más que delante de la violencia y sólo los esforzados lo conquistan.

El reino de Dios, se entiende, que está dentro de nosotros, según dijo Jesucristo Regnum Dei intra vos est. Sobre ese fondo de armonía espiritual, señoras y señores, se destacan, con relieve preciso, para dar realce a su personalidad espiritual y humana, ciertos rasgos de belleza singular que encantan y cautivan sobremanera.

Fijémonos, antes que en ningún otro, en la, piedad, esa virtud que si viste bien en todos y por todos debiera practicarse, tiene su natural asiento en el alma femenina, pues como dijera un día Catalina de Médicis, los reyes entienden de justicia, las reinas no saben sino de misericordia.

Cuando hablo de piedad, me refiero a ese estado de ánimo que nos dispone a contemplar el panorama de la vida humana frente a las múltiples emboscadas que le tienden el dolor, la miseria, el engaño o la opresión, no con la pupila del alma helada por el egoísmo, sino llevando en lo interior lumbre y calor bastante para apiadarse, para compadecerse, para asistir, para socorrer.

Cuando en 1887, el poeta malagueño Díaz Escobar le preguntara que cuál era el rasgo que la caracterizaba, deteniéndose un instante no más, como si tratara de oír la voz que surgía de la profundidad del corazón, replicaba: el deseo de la fraternidad y esta frase sublime, dicha por unos labios tan recatados y sinceros, con tono de sencillez y modestia ejemplares, nos dan la medida de su estatura moral y separan a esta mujer del consorcio frívolo de infinidad de compañeras que dentro y fuera del teatro viven sin haber sospechado siquiera la existencia de esa ley fundamental del vivir racional, asiento de la paz, lo mismo entre individuos como entre laS naciones; sin haber reparado en la luz de ese sol que hace germinar dentro del alma la mies dorada de los más géneros sentimientos. En contraposición a la anterior, y como para complementarla, citemos esta otra frase de oro, que también se lee en el precioso álbum de recuerdos de Díaz Escobar: Me parecen excusables todas las faltas, menos las que proceden del egoísmo.

No es necesario referir aquí todos los hechos que abonan la devoción de Luisa por la gran virtud de la fraternidad. Tampoco es necesario. Que la virtud no es un hecho, ni una colección de hechos. Es la disposición constante, la vigilancia perpetua en el cumplimiento del deber moral frente a cualesquiera dificultades. Un solo hecho basta para revelar el tesoro de un alma, como un golpe afortunado da con el filón de la riqueza. Arriba nos referíamos al encuentro de .Luisa, en la isla de Curazao, con la familia de un general venezolano proscrito de su tierra. y vimos en qué forma aquel cuadro de sombrío dolor despertó en el alma de la ilustre cienfueguera cuanta energía hacía falta para afrontar el paso más arriesgado de toda su carrera artística. y cuando de manera espectacular arrebató el perdón de la boca del tirano, no se Sintió más feliz de su triunfo escénico como de haber sabido corresponder al llamamiento de la fraternidad.

Vico, el gran mariscal de la escena española, arribaba en 1902 a La Habana, tras una excursión por tierras de México. Ya se habían escapado de aquel cuerpo vigoroso las energías que le desplegara antaño sobre las tablas. Del león que había en él, sólo quedaba el valor, pero no las fuerzas, que se rendían al peso de los años, de la pobreza y del infortunio. La sombra de la gloria, que aún perseguía tenazmente, huía delante de él, y vivía poco menos que ignorado del público y de los amigos, que no respondían al clamor de los beneficios que algunas almas generosas organizaban con idea de socorrerle. El espectáculo de aquel coloso derribado en la arena de la ingratitud arrasó de lágrimas los ojos de Luisa, y lo asistió generosamente. Si Vico. no murió de hambre en un mundo qué ennobleció, dijo el Konde Kostia, se debió a esa grande hija del arte y de la gloria. 

No en vano, cuando agonizaba en el barco que lo conducía a Nuevitas, los marineros le oían clamar, abiertos enormemente los ojos como si taladraran el horizonte: “¡Mi hija... mi hija! Esa hija, más hija de él que si hubiera nacido de su carne-seguía diciendo Aniceto Valdivia- era ella, Luisa Martínez Casado, alma todo luz, todo generosidad, todo pureza, todo bondad”.

Entre los más caros afectos de su corazón se contaron, como es natural, sus hijos todos. Obligada por los compromisos de su misma vocación a viajes incesantes, su pensamiento se dirigía a esos pedazos de su alma, más que para dar desahogo a los naturales instintos de la maternidad, para cuidar de encaminarlos por el sendero de la virtud y del bien. Qué hermoso espectáculo el de esta mujer besada por la gloria, nimbada por la fama, joven y bella, sustrayéndose al mundo de oropel que la rodeaba, para tomar en la mano la pluma y ponerse en íntimo contacto con las tiernas criaturas, y en versos ingenuos y sencillos, para que los entendiesen sin dificultad, darlos provechosas lecciones, como ésta, a Gloria, una de ellas :

Son las virtudes
Flores del alma
Que con el tiempo
Son más galanas.
¡Cuida tus flores,
Hija adorada!
y haz de virtudes
Una guirnalda
Que sea mi gloria,
Gloria del alma!

Una de sus mayores alegrías, y uno de sus mayores sacrificios también -añadiremos nosotros-, consistió en prestarse a formar parte de una compañía teatral, fundada por su padre, en 1890. En el elenco de aquélla se incorporaron uno tras otro casi todos sus familiares, con verdaderas o supuestas aptitudes escénicas. Los beneficios materiales que se derivaron de un acto señalado por la más completa rendición del egoísmo, tanto espiritual como material de Luisa, no fueron de pequeña importancia, si se considera que en los dieciocho años que operó la compañía, los ingresos de taquilla no bajaron de los tres millones y un cuarto de pesos oro americano.

Una personalidad de tales' quilates espirituales tenía que ser amada intensamente por el público, y Luisa lo fue. Al cariño que le brindaban sus fanáticos, correspondía ella abriendo con prodigalidad el arca de sus afectos.

En 1906, acabada Luisa de llegar a Puerto Plata, se le anuncia el súbito fallecimiento de una amiga querida. Caía ésta cual flor tronchada al asomarse a la primavera de la vida. El ánimo se conmueve, el dolor le sacude el alma, y la emoción halla desahogo en unas hermosas cuartillas que entrega a un diario de la localidad: "¡Con el recuerdo de tus virtudes y del afecto que te inspiré; con la imborrable emoción que me produjo el ruido seco de tu, blando ataúd descendiendo a la madre tierra, se mezclan mis lagrimas, querida e inolvidable amiga!”

¡Quién me dijera cuando me acercaba a estas hospitalarias playas que me aguardaba la pena de tu ausencia eterna y un tan triste espectáculo!

Yo imaginaba esperarte, como hoy en la iglesia, y verte aparecer al repiqueteo de alegres campanadas, vestida de blanco, con tu traje de desposada, de larga cola, tu velo blanco y tu guirnalda de azahares... !

Así pensé y quería verte llegar: ¡resplandeciente de felicidad! Luego, arrodillarme cerca de ti ante un altar cubierto de flores y radiante de luces y oír de tus labios trémulos de amor el “sí”, anhelado de tu prometido!

¡No fué así! He visto que bajaban de una fúnebre carroza tu blanquísimo ataúd, al que siguieron tus parientes y numerosos amigos y amigas, que silenciosamente colocaban sobre un negro catafalco tu infantil cuerpo encerradito en aquella caja que me parecía la avaricia de la muerte recogiendo presurosa y despiadada tu pureza y tu amor! Las preces del sacerdote llegaron a mí como la voz majestuosa del maestro que impone un deber con el acento persuasivo de la verdad!

Verdad es la muerte, y Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, dió por terminada tu misión en esta vida: acatemos sus designios; ¡pero llorando tu ausencia!

¡Tanta falta como hacen en la sociedad criaturas como tú!, Sirva tu memoria al menos de ejemplo digno de imitación. Has sido buena cristiana, hija ejemplar, excelente amiga, señorita virtuosa ¡quién rechazará modelo tan encantador!

Fuí con mis hijos a la última morada para que vieran de qué manera conmovedora rinden en tu país tributo póstumo a las mujeres de tus esclarecidas virtudes. ¡Adiós, Virginia! Yo he perdido una amiga; pero Dios ha ganado un ángel."

En su libreta de apuntes personales, puede verse en cantidad no pequeña, los originales de composiciones poéticas, que al uno y a la otra dedicaba en aniversarios y acontecimientos memorables. Esas rimas íntimas quizás no puedan celebrarse como modelos de perfección artística, y tampoco fueron escritos con semejante pretensión. Pero sí guardan, como en cofre sencillo, el perfume que exhalan los afectos cuando los. inspira un sentimiento noble y elevado.

Parece imposible hablar de una mujer, señoras y señores, sin hacer referencia al amor, ese ángulo de la vida humana que adquiere en todas relieve singular, tanto 'cuando las ilumina y las transfigura, como cuando las conturba y las pervierte.

Mas sea que alumbre o ciegue, que hunda o que salve, el amor queda ahí como la esfinge que hay que interrogar, como el enigma que hay que descifrar. No busquemos en las páginas de Luisa rasgos dramáticos de ningún género. Lo espectacular no fué el sello de su vocación artística, ni de su carrera humana. Lo que le aseguró el éxito en la primera, fué la modestia; la que le dió el triunfo en la segunda, fué la fidelidad.

Y sobre la fidelidad, que ella consideraba: la más admirable cualidad del hombre, edificó los ensueños de un amor tranquilo, conforme con el patrón que ella se había formado y que expresaba en pocas palabras: amor, es un conjunta de ternura, abnegación y candideces. Un amor así, carecerá de ribetes dramáticos, de que parecen enamorarse ciertas fantasías enfermizas, pero no está exento de belleza, porque ésta; cuando es perfecta, como la clásica, es el resultado del equilibrio lúcido de las partes dentro del marco de la unidad total.

En las aguas de un amor pacífico y ordenado, pero profundo y constante, adornado con los goces de la maternidad, navegó durante los largos años que duró su enlace con don Isaac de Puga. El consorcio matrimonial, que fundió sus vidas y fructificó en numerosos vástagos, fué la comunión de dos almas, enamoradas de un mismo ideal de perfección artística y de encumbramiento humano.

El contacto con la realidad de la vida doméstica, la gran prueba a que queda sometida la ilusión humana y contra la cual se estrellan tantas veces las mejores intenciones y los mejores propósitos de felicidad, no hizo más que cimentar la de Luisa. De tal manera supo cumplirlos y colmarlos el valor de sus ensueños, que cuando le faltó, ya no tuvo fuerzas para proseguir en la lucha y continuar la carrera del arte. Su alma atribulada pasó de las luces radiantes del gozo a las penumbras de la tristeza, y con la pupila húmeda de lágrimas, puestos los ojos en el infinito espacio, siguió la sustancia inmortal de su elegido a través de su viaje por las rutas tenebrosas del más allá. Como era Luisa una católica fervorosa, y creía en la expiación de las almas en el purgatorio y en la comunión de los santos, uno de los, más consoladores artículos del credo católico, sus labios no se cansaban de pedirle a Dios y la Santísima Virgen, de quien era devotísima, por él eterno descanso de su compañero. Por las mañanas se la veía en la iglesia arrodillada largo rato, suplicante a los pies de la Virgen Dolorosa, la Virgen en cuyos altares siempre deponía grandes ramos de flores, en cuantas ciudades visitara, durante sus jiras artísticas. y luego, cuando sobrevino la penosa enfermedad que se la llevó de este mundo, el recuerdo de aquel amor que tantos años la había hecho feliz, le daba no sólo fuerzas para sobrellevarlo, sino para ofrecérselo al Sagrado Corazón de Jesús, que campeaba en el lienzo de la pared frontera de su cama, para que contribuyeran a la definitiva liberación del alma de su difunto esposo. La fidelidad la hizo sublime en el amor y en el dolor, como su condición de mujer exquisita la había hecho enamorarse de todo lo bello y de todo lo bueno.

Cuéntase que, cuando Luisa frisaba en los ocho o nueve abriles, tuvo la desgracia de caerse del tercer piso del teatro Albisu, entonces en reparaciones. Recuperada apenas de este lance, que le dejó como recuerdo la pérdida del oído derecho -defecto que suplió, en el teatro  con la memoria prodigiosa de que estaba dotada-, fué sorprendida por una fiebre maligna que la privó del conocimiento durante un tiempo considerable.

Vuelta en sí, contóle a su padre que había llegado a las puertas del Paraíso. En sus mismos umbrales se le apareció la Virgen María, entre fulgores etéreos, y le había dirigido estas palabras: Vuelve a la tierra y cumple tu misión. Guarda la Ley y haz que los demás la guarden.

De aquella visión guardó en su alma un recuerdo imperecedero. El pensamiento de que se la había devuelto a la vida para cumplir una misión de arte y de religión, la acompañó día y noche. Sus esfuerzos convergieron en cumplir ambas con fidelidad. Gracias a la piadosa intercesión del cielo, si el arte tuvo en ella un representante excelsa, la vida y la religión se honraron con un ejemplar magnífico, con un guardián celoso de las prescripciones y derechos de ambas. La tarea de vivir en el teatro como en el templo, según ella dijera, no estuvo exenta de grandes dificultades para una mujer que al talento unía la gracia y la belleza física. El recuento de ese pasado, hecho de triunfos deslumbrantes y de luchas secretas, la estremecía en su retiro de Cienfuegos, inspirándole sentimientos de gratitud a su soberana y celestial bienhechora, y al mismo tiempo, un afán por llegar pronto a la meta para unirse con sus seres queridos devorados por la muerte: el hijo primogénito, muerto en la flor de sus .años, y sepultado en el cementerio de Caibarién, y el esposo difunto, cuyo recuerdo no la abandonaba instante.

De esta pasión de ánimo hablan los versos, que citamos aquí, sin atribuirles ni restarles mérito artístico, como único documento en que haya vaciado sus más íntimos sentimientos...

No quiero retornar a esta existencia
para "hacerme mejor"...
Lo que en mí existe de divina esencia
que vuelva al Hacedor.
De sufrir otra vez lo que he sufrido
no me juzgo capaz.
Aunque sienta mi pecho agradecido
que ha disfrutado paz
en medio de los mil y mil combates
en que se vió adalid
de su carne, sufriendo los embates
de tan fiero ardid!
Quiere en el Cielo hallar mi alma abatida
eterna protección.
y no volver al fango de esta vida
ya su eterna traición. (1916)

Aun tenía que apurar durante nueve años más las amargas heces que deja en el fondo del cáliz de todas las vida, la ciencia de los años y la salomónica sabiduría del tiempo y de la experiencia. No sabemos cuánto caudal de arte se perdió al retirarse Luisa de las tablas, a raíz de la muerte de don Isaac de Puga. De todos modos, cuando cayó la losa sobre el sepulcro que guardó sus restos, quedó escrita la última página de su actuación en público.

Con la modestia singular en que envolvió su vida, realizó aquel acto definitivo. Tranquilamente enderezó sus pasos camino del destierro artístico, quizá no sin cierta tristeza interior, pero sin vacilaciones ni arrepentimientos.

Cienfuegos, la cuna de su infancia, fué el puerto a que condujo su nave, y donde lanzó el ancla definitivamente. Cuando paseaba por las calles de la ciudad, por aquellos tiempos orgullosa de su prosperidad comerciar, nadie que no la conociera hubiera podido distinguirla de las restantes mujeres que cruzaban por su lado y de esta manera, con la misma elegancia con que escaló las cumbres del teatro, llegó a la cumbre de la vida. La gloria le sonrió desde ambas, porque al despedirse del gran escenario del mundo, la opinión general hispana y americana la saludó con dos palabras, que se grabaron sobre la tumba en que descansa junto a su esposo, en el cementerio Acea, y que la representan con más fidelidad que cualquier retrato : 

LUISA MARTÍNEZ CASADO, 

ARTISTA y SANTA.

 

 

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