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Historia
económica de Ultramar Maxime
Guillet Singularidades socio-económicas
de una colonia DE POBLACIÓN: el caso de fernandina de jagua, futura cienfuegos, cuba (1817-1832) Se ha empleado para la realización de este trabajo la memoria de fin de carrera que defendimos en la Universidad de Orléans (Francia) en septiembre del año 2000. El texto está exento de notas al pie para simplificarlo y facilitar su lectura, pudiendo consultarse las mismas en el texto original, disponible en la biblioteca de la Universidad de Orléans, y las fuentes, al final de estas páginas.
Introducción Bajo dominio español desde su “descubrimiento” por Cristóbal Colón en 1492 hasta 1898, año del Desastre por el que España perdió sus tres últimas colonias, Cuba llegó a representar - y en el imaginario colectivo español se pueden aún encontrar huellas de tal consideración – la joya del imperio, sobre todo a partir del fin del siglo XVIII, cuando el azúcar producido en Cuba y su consecutiva comercialización se convirtieron en asuntos prioritarios, tanto para las clases sociales en el poder en la isla como para el Real Erario metropolitano: el oro amarillo de México había cedido el paso al oro blanco de Cuba. A esta historia cubana “puramente” colonial sucedió una historia neocolonial que duró toda la primera mitad del siglo XX, en la que los intereses norteamericanos, siguiendo la Doctrina Monroe de 1823 y apoderándose de la economía de la isla, y entre otros de su sector agrícola, controlaron asimismo el poder político cubano. La Revolución de 1959 constituyó el paso decisivo hacía la soberanía nacional y resolvió una gran parte de los problemas económicos y sociales de la isla gracias a los intercambios desarrollados con los países socialistas. Estos intercambios se basaban principalmente en un ya histórico producto en Cuba, la caña de azúcar, cuya exportación hacía la URSS y los países de Europa Central permitía la importación a buen precio de materias primas y de productos manufacturados. Con la caída brutal del Bloque socialista y la introducción en él de relaciones económicas basadas en la ley del mercado, Cuba se vio aislada y propulsada en el “periodo especial” – según la propia denominación cubana –, años de carencias en todos los sectores de la economía y sociedad cubana, y para los que el turismo no parece que pueda ser mas que una solución temporal.
¿Cuando se formaron esos rasgos identificadores? Es evidente que
tal pregunta no se puede contestar dando una fecha o un periodo histórico
concreto. Sin embargo el historiador se ve obligado, tal como lo expresa
Manuel Moreno Fraginals en El ingenio, a definir y/o reagrupar a unos hechos o procesos históricos
para darles cierto sentido y, a su vez, convertirlos en claves para
entender el presente. En efecto, la creación de nuevas poblaciones de gente blanca, ya
estaba a la orden del día desde la última década del siglo XVIII,
concretamente porque Cuba había visto su población negra, y sobre todo
esclava, incrementarse de forma brutal por la recuperación súbita del
mercado azucarero, inmediatamente después de la ruina de la isla vecina
de La Española, cuya parte dirigida por los intereses franceses era uno
de los principales proveedores del mercado mundial. A partir de 1791 y a
lo largo de la década siguiente, la revolución de los esclavos
mayoritarios en Saint-Domingue hizo desaparecer repentinamente y a
la vez el sistema de explotación servil, las clases detentoras y
omnipotentes blancas, y la dominación colonial francesa. Los esclavos
ganaban su libertad rompiendo todos los mecanismos – económicos,
sociales, políticos, culturales – de la explotación.
La República Negra de Haití y, en menor medida, su vecina española
de Santo Domingo estaban en ruinas. El mercado de exportación de azúcar
quedaba libre. Del aprovechamiento de la ruina de Saint-Domingue se encargó
inmediatamente la oligarquía cubana, reproduciendo a gran escala en sus
tierras – o, mas bien, en las que les iba a ceder la debilitada corona
española - el sistema de plantación desarrollado por los franceses en
Saint-Domingue o los ingleses en Jamaica: el sistema de monocultivo
azucarero basado en la explotación de la mano de obra servil. Cuba alcanzó rápidamente niveles de producción y de riqueza nunca alcanzados hasta entonces. A finales del siglo XVIII, Cuba era ya el tercer productor de azúcar a nivel mundial. Este crecimiento pudo iniciar y desarrollarse principalmente gracias a un incremento de la mano de obra, que se efectuó con una intensificación de la trata de esclavos (libre para Cuba solamente a partir de 1789) y de su explotación en la agricultura. En tan sólo unos años – aproximadamente de 1790 a 1830, la población blanca de Cuba pasó de constituir una mayoría racial omnipotente a convertirse en una minoría que empezaba a sentirse amenazada por el llamado “peligro negro”. Fundado o no, este temor a ver reproducirse en Cuba los acontecimientos de 1791 en Saint-Domingue bastó a la metrópoli española para acceder a los deseos de los plantocratas cubanos y a los comerciantes. En realidad, España era en estos años la sombra de sí misma, sufriendo todo tipo de arrebatos: la guerra perdida contra la Revolución Francesa, unos ataques cada vez mas frecuentes y plurinacionales contra su imperio de América, la invasión y ocupación de su territorio por las tropas napoleónicas, la fragilidad política, la emancipación nacional de numerosas colonias suyas en América, se sucedieron en menos de medio siglo, a los que habría que añadir un largo y profundo retraso de desarrollo interno, en comparación a sus vecinas europeas. A estas desgracias que le afectaban sin descanso, el oscilante Estado
español intentó dar solución con los pocos medios de los que disponía.
Así pues, a principios de la década de 1810, Cuba se convirtió ipso facto en base y retaguardia de la autoridad española en América.
La preocupación por conservarla, costase lo que costase, iba a producir
un sin número de decisiones con determinados objetivos militares y económicos,
muchas de estas contradictorias entre ellas. La voluntad de proteger la
costa sur de Cuba ante eventuales “insurgentes” de la América hispana
en vía de emancipación también debía concretarse con nuevas
colonizaciones en las zonas mas deshabitadas. Estas preocupaciones,
propias de la metrópoli española empeñada en salvar su imperio,
encontraron en Cuba un eco favorable. No por amor ciego a la “Madre
Patria”, ni porque hubiera existido convergencia total entre los planes
de las elites sociales cubanas con los de la Corona, sino porque las
medidas aplicadas en Cuba iban a ser concertadas para que sirvan tanto los
objetivos de la Corona como los propios intereses de la oligarquía
cubana.
La firma
del tratado relativo a la abolición de la trata de esclavos suscrito con
Inglaterra el 23 de septiembre de 1817 responde perfectamente al tipo de
política colonial contradictoria puesta en marcha por la Corona española.
Debilitada tanto en Europa como en América además de endeudada militar y
políticamente con Inglaterra, pero a la vez consciente de que Cuba debía
seguir poniendo una parte de su riqueza al servicio de la metrópoli, España
firmó el tratado con condiciones: obtuvo de Inglaterra que le pagase 1,7
millones de pesos (400 000 libras esterlinas) y que la aplicación
del tratado solo fuese efectiva a partir de 1820. Lógicamente,
entre 1817 y 1820, las llegadas de esclavos en Cuba se intensificaron,
superando el numero de 15 000 en el solo año 1817. También los
esclavistas tuvieron tiempo para organizar la trata ilegal de esclavos
que, a partir de 1820, pasó a ser un comercio aún mas lucrativo. Tampoco
los esfuerzos de Inglaterra a favor de un sistema económico basado en el
trabajo asalariado generalizado para el mundo colonial tuvieron éxito en
Cuba. La comisión mixta creada en 1819 para hacer respetar el tratado de
abolición en Cuba, compuesta por dos comisarios ingleses y dos españoles,
no dispuso en ningún momento de los medios adecuados a la extensa tarea
que le había sido asignada: el control de la actividad negrera
clandestina, el arresto de los barcos sospechosos, la instrucción de los
casos y la aplicación de las sanciones. El sistema esclavista, preocupación
principal de la oligarquía cubana y de los comerciantes tanto
peninsulares como cubanos y extranjeros, de momento no estaba amenazado.
Al mismo tiempo, desde
la parte mas “ilustrada” de la oligarquía, se buscaban soluciones al
problema racial que proponer a la metrópoli, sabiendo que ésta aceptaría
cualquier exigencia antes de perder a Cuba tal como estaba perdiendo al
resto de su imperio. Algunos de los plantadores más influyentes,
Francisco de Arango y Parreño siendo sin duda el mayor de ellos,
pensaban que para garantizar la prosperidad y la seguridad de Cuba,
la isla debía mantenerse mayoritariamente blanca. Para ello, y sin que
afectase al buen rendimiento de las plantaciones, habría que hacer llegar
masivamente pobladores españoles o europeos.
La política de fomento de la población blanca, oficialmente
aprobada por Fernando VII restituido en el trono
tres años antes, se aceleró con la Real Cédula
de 1817, dando lugar a la creación de varios embriones de ciudades:
Nuevitas, Nipe, Manajay, Jagua,.... fueron algunas de estas experiencias
que, en su gran mayoría, vegetaron sin nunca superar el estado de pueblo.
Entre ellas, a pesar del fracaso general, resalta la fundación a partir
de 1819 de la colonia Fernandina de Jagua. La colonia, cuyas fundaciones
fueron erigidas por colonos franceses encabezados por el militar
ultramonarquista Louis de
Clouet, obtuvo en 1829 el título de Villa de Cienfuegos, siendo hoy una
de las principales ciudades industrio-comerciales de Cuba. Nos limitaremos aquí a presentar algunos de los principales hechos y
fenómenos que marcaron la fundación de la Fernandina de Jagua,
insistiendo en los aspectos económicos y sociales, constituyendo estos la
principal singularidad de la colonia. Asimismo, en Cienfuegos,
aparecieron, simultáneamente y pese al giro azucarero y esclavista que
efectuó rápidamente la colonia, unas características económico
sociales propias de un sistema capitalista moderno, destacando entre ellas
la formación del primer proletariado cubano no esclavo. Consideramos
también fundamental para entender la Cuba colonial y sus transformaciones
recurrir al análisis del juego político que se removió los diez
primeros años de existencia de la colonia. Pues, las decisiones políticas
de la metrópoli española así como el conjunto de valores y motivaciones
de los implicados en la fundación de Jagua serán lógicamente objeto de
una especifica atención. También se debe de tener en cuenta que, aunque
en muy pocas ocasiones encontremos fuentes relativas a la explotación
servil o a la trata, estas dos actividades existieron en la nueva colonia.
El AHN sólo contiene un fondo relativo al tema aquí tratado. Sin
embargo, el legajo 5510 de la sección Ultramar del AHN cubre los treinta
primeros años de existencia de la Fernandina y las informaciones que
ofrece son muy variadas. Reagrupa documentos manuscritos aún no
clasificados sobre “la fundación de la Colonia Fernandina de Jagua”.
Se trata de documentos que llevan la marca (firmas, sellos,
anotaciones...) de su paso por el despacho de múltiples altos
funcionarios de la administración colonial, tanto insular como
metropolitana. Estas fuentes documentales tienen varios orígenes geográficos,
cuyos principales son Madrid, La Habana, la propia colonia
Fernandina, Trinidad y Burdeos. Demuestran el carácter
incontestablemente internacional de la empresa de fundación.
Entre los numerosos documentos manuscritos utilizados, la mayoría
de ellos copias hechas en los ministerios de Guerra, Hacienda y Gracia y
Justicia, destacan algunos textos ofíciales como el acuerdo-decreto del 8
de marzo de 1819 establecido entre el colonizador De Clouet y las máximas
autoridades de Cuba, el Capitán José Cienfuegos y su Intendente
Alejandro Rámirez. También fueron muy útiles
los informes sobre el estado de desarrollo de la Fernandina o las muchas
quejas o propuestas de mejoras enviadas por el “fundador” De Clouet a
las autoridades cubano-españolas. El último conjunto de documentos es
relativo a la verdadera guerra judicial – aunque hubo también hasta una
tentativa de asesinato contra De Clouet - que se libraron el noble Louis
de Clouet y el hacendado Agustín de Santa Cruz, uno de los mas
importantes de la comarca, quien cedió las primeras tierras a la colonia.
Los intereses que tenía también el terrateniente en Trinidad, situada a
unos sesenta kilómetros de la nueva colonia, la alarma que levantó una
posible futura competición económica (sobre todo por la salida portuaria
que poseía la Fernandina) y la xenofobia alimentada por los notables
locales, bastaron para crear una multitud de problemas suplementarios a
las dificultades materiales comunes que suponía la empresa en sí. En el AHM, al que se había recientemente trasladado documentación “nuevamente hallada”, se han explotado principalmente dos documentos. El primero es una copia manuscrita de dos cartas mandadas por De Clouet en 1826 al Capitán General de Cuba Dionisio Vives, en el que el fundador emite nuevas propuestas para el crecimiento de la colonia. El segundo es un impreso real de fecha 20 de mayo de 1829 que contesta a las sugerencias emitidas por De Clouet para la mejora del asentamiento. Además de una relación de las etapas atravesadas por la colonia en diez años, en el impreso se incluyen también las principales decisiones oficiales tomadas desde 1819.. Como conclusión del documento figura la Real Cédula de 21 de febrero de 1829 por la que la colonia Fernandina de Jagua se convierte oficialmente en Villa de Cienfuegos y beneficia de nuevas medidas favorables a su florecimiento. En la Biblioteca Nacional, fueron consultadas numerosas publicaciones del siglo XIX, unas, como la edición parisina de 1826 de la Descripción de la isla de Cuba de Alejandro de Humboldt o las Guías de forasteros editados a partir de 1816 por el Capitán General José Cienfuegos y su Intendente Alejandro Ramírez, contemporáneas a los años de fundación de la Fernandina, otras posteriores pero aún muy implicadas en las cuestiones planteadas en la época estudiada, como la Memoria histórica de la Villa de Cienfuegos escrita en 1861 por el hijo de la ciudad Enrique Edo.
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