"IN SUDORE PARIES"

Luisa Martínez Casado
Ensayo literario sobre la vocación de una gran actriz y la vida de una gran mujer

Escrito por: Eduardo Martínez Dalmau
Obispo de Cienfuegos

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"IN SUDORE PARIES"

 

Señoras y señores:

En toda ambición y en toda empresa, por seria y arriesgada que sea, hay una partícula de ilusión y de ensueño, que les comunica nuestro espíritu, con el fin de suavizar, con su mágico resplandor, el ceño adusto con que se nos hace adelante la realidad. Bajo el influjo de tal ensueño, el ser humano poco menos que se extasía, y se vive sobre la tierra rozándola apenas con la punta de los pies. Es un estado emocional que cuando se ha posesionado fuertemente del corazón, se irradia y se propaga. Hay más luz y más resplandor en la mirada; los labios se abren cual pétalos de un capullo turgente; es más fresca a la sonrisa ; las manos al estrecharse lo hacen con más presión, y los brazos descansan sobre los hombros del padre, de la madre, del esposo, del hermano, del amigo comprensivo y leal, henchidos los corazones de mayor ternura y confianza. Todo el que se embarcó en una empresa romántica –dicho en el mejor de los sentidos–, ha experimentado e irradiado un gozo similar al de la novia en la vigilia de sus desposorios.

Pero toda vocación, aun la más sincera y honrada, es decir, aquélla que se funda en el talento reconocido, siquiera en estado incipiente, tiene que encararse con la vida y ésta como el mar,  atrae a la par que atemoriza, porque sus aguas no siempre son tan tranquilas y azules como las contemplamos en las marinas. Esconde el mar en sus entrañas, conmociones que cuidadosamente encubre, y por ello es que todo viaje por el océano o por la vida, inspira un terror sagrado que tiene en zozobra y agitación al viajero, a sus deudos y amigos, hasta que no se ha cubierto enteramente la jornada.

En un estado emocional parecido, hecho de alegría jubilosa y de trémula ansiedad, nos representamos el ánimo de Luisa, en la vigilia de su viaje para España, en la primavera del año 1878.

Ya para entonces apuntaban vigorosas y sobresalientes, las señales de sus éxitos futuros en la difícil carrera del teatro, que había escogido por vocación.

Poseía ella, en efecto, bien que en estado embrionario, un conjunto de cualidades fundamentales, fuera de cuya base nadie ha levantado una verdadera y sólida reputación artística.

El aplauso y la emoción con que el público acogía la caracterización de los personajes que se le habían encomendado, acusaban, en sus principios, la posesión de esa finura de penetración del. escrito o de la obra dramática, en los cuales todo autor de mérito ha vaciado el concepto formal del personaje creado, para darnos su figura humana conspícua y sobresaliente, bien en la virtud bien en el vicio. Esto se logra unas veces con claridad meridiana, mediante un toque acertado, o una pincelada feliz; mas otras, porque el pensamiento anda navegando en más profundas aguas, resulta de más difícil comprensión para quien lo persigue, cuando no se posee un talento y una sensibilidad alerta que vibra delante de los menores detalles, y capta, sin desperdiciar uno solo, hasta los menores matices.

Había en ella algo más importante todavía. No es actor de verdad el que se limita; a moverse sobre el escenario como un intérprete fiel del personaje descrito por el autor. El actor dramático que escala las cimas de su arte, ha de ser algo más que intérprete, ha de ser un creador, y, cuando no aspira a serlo, está condenado a la mediocridad.

A veces aventaja el actor dramático el mérito del escritor, porque la palabra escrita no responde adecuadamente cuando se intenta describir ardides, trances y matices del corazón humano. Queda un espacio libre donde moverse y que aprovecha cada actor dramático para realizar su propia interpretación. Así se explica que personajes célebres como el Hamlet de Shakespeare, el Fausto de Goethe, hayan tenido intérpretes variados y distintos, que se ganaron, encarnándolos cada uno a su manera, los aplausos y la admiración del, público.

Estaba dotada Luisa de una voz no solamente bien timbrada y sonora, sino cálida y emotiva. Nos referimos a esa voz de riqueza tonal que además de halagar el oído, despierta en el alma del oyente reacciones latentes, entablando allá adentro un coloquio, que se verifica por el cauce de hilos ocultos cuyo dominio sólo está en las manos del verdadero talento. Cuantos oyeron a Luisa representando "La Locura de Amor" de Tamayo y Baus, en su momento culminante, es decir, en el preciso instante en que Juana la Loca quiere interpretar el paso de la muerte, que va a llevarse al esposo, ya cadáver, en la estancia contigua, y aún vivo para su fantasía demente, recuerdan más que el gesto, la voz aquella angustiada y doliente, rota por el sollozo, como se rompe el alma cuando cae el ídolo del amor, porque esta pasión, cuando se entroniza de veras en el alma, nunca la deja sin desgarrar las íntimas entrañas.

La dicción de Luisa era tan perfecta y acabada, que la prosa de menor importancia, una carta familiar por ejemplo, puesta en sus manos, aun fuera del momento escénico, adquiría matices y bellezas insospechadas.

En fin, señoras y señores, cuando la joven Luisa se marchaba para España, ya sobresalía, entre sus compañeras, por la finura y nobleza de sus rasgos fisonómicos.

Y por cierto que lo que más conquistaba la admiración de cuantos la contemplaban, no era el perfil de corte clásico, ni la blancura del cutis sedoso, ni la seducción del labio sonriente, era el plante señorial de su entera figura, su porte marcado de noble arrogancia, sin fingimiento ni pujos de vanidad femenina o de engreída suficiencia, manchas vulgares que jamás contaminaron su mente, ni aun cuando estaba en el cenit de su carrera teatral. Lo que atraía y subyugaba en ella, era la majestad serena y confiada de su rostro, bajo cuya frente despejada y tersa, campeaban alerta los ojos negrísimos, para responder, en todo momento, con sus reflejos, ora suaves, ora ardientes, ora tranquilos, ora agitados, siempre vivos y refulgentes, a las íntimas emociones surgidas en la intimidad del alma.

No es la belleza física lo que forma la superioridad del artista, aun hablando de la mujer. Cuando el sabio dice de la belleza de la mujer que es vana: "vana est pulchritudo", tuvo un grande acierto si se refería al escenario. Sobre la belleza glamorosa, está el esplendor de la personalidad en general. Aquélla, cuando estuviera aislada, no podría suplir jamás la ausencia de la otra. Todo lo contrario. Recuérdense los nombres de actores y de actrices, que lograron vencer con el magnetismo de la personalidad, la falta de méritos de otro orden. El que conjuga ambos extremos, tiene por ese lado expeditos los caminos del éxito, siempre que no se duerma en los laureles, :y sobre todo, no olvide, incauto, que una reputación artística sólida y firme, sólo se edifica sobre los cimientos del trabajo incesante y de la constante laboriosidad.

En efecto, señoras y señores, la creación de una obra artística es como el descubrimiento de la riqueza, que exige esfuerzos tenaces y perseverantes. La naturaleza –no por avara sino por sabia–, guarda sus más preciados tesoros fuera del alcance de los medios ordinarios. Para vencer esos obstáculos hay que hacer algo parecido a una movilización de fuerzas. ¡Qué lejos estamos de pensar en la suma de esfuerzos que ha costado la obra artística en cuya contemplación nos extasiamos! Es primero, la elaboración dolorosa realizada; en lo interior, la alquimia de lo sublime en la retorta del alma, para crear el prototipo ideal. Viene luego la encarnación material del pensamiento- en el pedazo de mármol, en la tela, en el pentagrama, en las cuartillas. Son semanas y meses enteros de ensayos, de vacilaciones, hasta que el numen divino se detiene, la idea arquetipa, el ideal perseguido se adelanta en la plenitud acabada de sus rasgos perfectos, desde el primero hasta el último detalle, y entonces el artista legítimo puede exclamar, como lo hiciera por boca de un eximio representante del arte escénico: "La mano del Espíritu Santo se ha posado sobre mi espalda ". y quien no siente esa mano, quien no recibe ese espaldarazo, no ha creado nunca una verdadera obra de arte. Mas cuando ese momento ha  llegado, no hay quien lo olvide jamás. La euforia embarga los sentidos; ¡es la comunión con lo sublime, con lo ideal! Pero el huésped es de los que se hacen esperar, y hay que perseguirlo sin tregua ni descanso.

La creación de un personaje escénico y su representación sobre las tablas de un escenario, tiene que pasar exactamente por el mismo proceso. Toda maternidad –y la generación del verbo mental lo es–, está sujeta a la maldición bíblica: In sudore paries, parirás en el dolor. Son días y meses enteros en que unos ojos afiebrados recorren una y otra vez, las líneas de un escrito célebre, hurgando en todas direcciones para descifrar pensamientos recónditos, para dar con el gran secreto, con el rasgo definitivo que dió existencia a una vida entera, con el detalle trascendente que la orientó hacia las cumbres del bien o la despeñó en las simas del mal. John Barrymore, el más grande actor norteamericano de todos los tiempos, y uno de los más destacados intérpretes del teatro shakespeareano, toma por vez primera en sus manos la tragedia del Rey Lear. Se ha sumergido en su lectura. Gene Fowler, su biógrafo, que lo contempla, describe así la transformación que se opera en la intimidad de su espíritu: "Un velo de gran majestad empezó a envolverlo, como si se elevara de lo profundo de su naturaleza donde había un manantial latente de excelsitud mental. El viejo monarca ya exhalaba su trágica lamentación y podía verse en aquella habitación, arrastrando su decrépita humanidad, ceñida la frente no ya con la corona de paja con que solíase representarlo, sino con una corona de espinas".

No hay ninguna diferencia entre el trabajo creador del actor dramático y el de los restantes artífices de la obra de arte. Donde únicamente se diferencian, y aquí sí que es honda y profunda la distancia que separa los dos reinados, es en la gloria y en la fama conquistadas. El que esculpió una estatua, como la Venus de Gnido, la Victoria ajada de Samotracia, el Lacoonte, o el Moisés del Sepulcro de Julio II; el que trazó sobre el lienzo la figura de Cristo transfigurado en el Tabor, o en el Juicio Final de la Capilla Sixtina; el que escribió la Odisea, la Divina Comedia, o el Paraíso Perdido, ha asegurado su fama y puede descansar satisfecho del ciclópeo esfuerzo realizado, porque deja asentada su reputación sobre una base firme y permanente. La gloria del actor, en cambio, sólo dura mientras él se" mantiene en contacto inmediato con el público. Se parece al soldado, que si no. está en la batalla, está muerto. "y cuando ha muerto", según la impresionante frase del gran actor norteamericano John Drew, "no hay muerto tan muerto como él".

En "La Dolores", rompiendo las cuerdas de la guitarra que acompañara la infamante copla: "Si vas a Calatayud... 

 

 

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