¡ HACIA LAS AMERICAS ...!

Luisa Martínez Casado
Ensayo literario sobre la vocación de una gran actriz y la vida de una gran mujer

Escrito por: Eduardo Martínez Dalmau
Obispo de Cienfuegos

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¡ HACIA LAS AMÉRICAS ...!

Saborear las mieles del éxito no es la única aspiración del genio tener genio es sufrir los embates de una sorda agonía. Es sentir, en la hondura de la entraña, el ansia de difundirse, de prodigarse, de dilatarse; es un afán sublime de tornarse mensajero o misionero del arte. Además, quien ha respirado una vez las auras de la gloria sobre la colina sagrada de un Tabor artístico, ya no quiere bajar de allí. Le hace falta aquel clima, necesita de aquella altura, a la cual se asciende con tanto esfuerzo y no suele abandonarse voluntariamente. ¿No se ha visto a grandes actores, como una Sarah Bernhardt, hacerse pasear por los teatros del mundo ya en el ocaso de su carrera y, desde luego, en el poniente de todas sus facultades? ¿Creéis que sólo lo hicieron por el afán de lucro, o urgidos por la necesidad del aplauso? Es que la muerte y la separación artística tienen mucho de parecido. Si morir fuera nada más que dejar la envoltura de un cuerpo, cuya maquinaria pasa con velocidad aterradora de fallo en fallo, la muerte sería una liberación. Pero cuando se está asido a la vida por los ligámenes; de la paternidad -y el que une al genio teatral con el mundo de, los espectadores tiene esa característica-, el desasimiento tiene que ser agónico, por la preocupación que se siente por el porvenir de lo que está metido muy hondo en el corazón. Es así como entienden su misión los grandes elegidos. Por eso se les ve, durante su vida, en continuo movimiento, yendo de un sitio para otro, a fin de vencer con la movilidad, la brevedad del tiempo; para cumplir, como mejor sea dado, la misión que se les señaló al enviárseles a la tierra. Luisa, señoras y señores, sintióse urgida por ese afán, mordida el alma por la misma tortura que siente todo misionero; tanto el que difunde una doctrina salvadora como el que lleva un mensaje de arte.

La vais a ver, dentro de unos instantes, tras un recorrido realizado por el noroeste de la Península, fijar sus ojos en las Américas, en la tierra prodigiosa que la contaba entre sus hijas, hacia la cual se encamina, bien adentro el año 1888. No hay motivo que justifique esta determinación, más que el señalado anteriormente, porque de otra manera no se explica que volviera las espaldas a un porvenir seguro, a una gloria ya conquistada, para lanzarse a la grande aventura de pasear por tierras americanas el pabellón del arte. No negamos que preocupaciones de otra índole, nacidas en la hondura de un corazón donde las virtudes se manifestaron como en su natural asiento, pudieran también influir en su determinación. El deseo de corresponder a los sacrificios que su padre había realizado para llevarla a la altura en que se hallaba, pudo haberla determinado a dar un paso tan importante. Pero si se trataba de esto exclusivamente, ¿no lo hubiera echo mejor quedándose en España, donde a tos artistas de cartel, mientras lo eran, se les remuneraba largamente?

Artista de vocación excelsa y americana por nacimiento, era natural que Luisa sintiera la nostalgia de su tierra, y no una nostalgia romántica solamente, que asoma a flor de labios y muere en la inactividad. Sino la nostalgia que es pena y remordimiento, que punza la conciencia cuando no se hace nada donde hay que hacer tanto.

Y a las Américas vino Luisa, embarcándose en una empresa que añadió a su gloria personal el lauro de haber reñido batallas por el arte, en todos los teatros de Hispanoamérica, Cuba, México, Venezuela, Colombia, Costa Rica, Panamá, Santo Domingo y Puerto Rico, una tras otra se rindieron a los pies de la gloriosa mujer que al frente de su compañía, les habló el lenguaje de las musas con elocuencia irresistible, y les reveló el secreto sagrado del arte, en noches de luz y de gozo estético. En todas partes plantó su estandarte y no hubo plaza que no se le rindiera. Casi todas las repúblicas hermanas se disputaron su cariño, con homenajes apoteósicos rendidos en su honor, tributados en reconocimiento de sus facultades excepcionales. En la tierra del Anáhuac era casi una porfía entre las clases sociales por honrarla más y más. Si el presidente Porfirio Díaz la declaraba huésped en su palacio, y la obsequiaba con preciosos regalos; si la aristocracia azteca respondía a sus funciones de gala inundando  escenario, palcos y platea, con una profusión de flores de todo género, que se calcula en una ocasión pasaron de setenta mil, diciendo un poeta que se habían desnudado los jardines de todas sus galas para llevarlas a los pies de la aplaudida artista; el pueblo, esa gran masa anónima que ha escrito algunas de las mejores páginas de la Historia, cuyas alegrías y cuyos dolores protagonizaba ella mejor que nadie, no se quedó atrás. Cuentan que una noche, al dejar el teatro, el pueblo quiso arrastrar la carroza que la conducía a su casa, apagando en el mar de luces, que despedían cientos de antorchas encendidas, la luz de 138 lejanas estrellas; y los manes augustos del pasado despertaron de su sueño letárgico al rugir de los pechos, constantes en los vítores y en los aplausos! Sólo los héroes y los genios se celebran de esta manera por el pueblo, que es quien mejor los comprende y los recompensa. Porque el alma del pueblo no está contaminada por el morbo de la miseria humana que anida en el corazón, disfrazada la oscura realidad con los nombres de rivalidad, competencia, y emulación, cuando lo que hay en el fondo no es más que envidia, o por lo menos, tristeza del bienestar ajeno.

Seguir el paso de Luisa por los distintos escenarios en que representó, sería caer en la monótona descripción de las mismas escenas que se reproducían en igual o parecida forma.

Si no hubiera habido en su arte un mérito singular, semejantes episodios no hubieran ocurrido. Para mover un público en la forma en que ella lo hacía; para lograr, como sucedió en Caracas, que un presidente tan rencoroso y vengativo como el minúsculo Cipriano Castro, inclinara su cabeza para conceder en público un perdón obstinadamente negado en privado, en favor de un general proscrito, es preciso que la emoción tuviera la virtud de penetrar dentro de los más secretos reductos del, alma y remover el negro pozo en que yacen sepultados los sentimientos mejores del alma. He aquí la anécdota tal como la refiere César de Puga, el cual recogió de labios de su misma madre. En Curazao, bella isla del Caribe, refugio de todos los revolucionarios venezolanos, hizo escala el barco que llevaba a Venezuela a Luisa Martínez Casado y su compañía dramática. Destacándose por su patriarcal aspecto, subía penosamente la escala un anciano de recia. contextura, pero abatido por 108 años y por la adversidad. Cuando llegó a la presencia de la actriz cubana, le dijo con lágrimas en la voz :-Señora, soy Tomás García de la Rosa, general venezolano exilado en Curazao por la tiranía del presidente de mi país, general Cipriano Castro, que ha puesto precio a mi cabeza. Me siento vencido por la edad y por los desengaños y sólo aspiro a morir en Caracas junto a mi esposa y mis hijas, a morir en mi patria sin esta amargura del proscrito. La actriz cubana se sintió conmovida y prometió al anciano repetir sus palabras al presidente Castro, con su ruego personal. Así lo hizo en ocasión de un gran baile dado en su honor en el palacio presidencial. Al escuchar las primeras palabras de la actriz cubana, el presidente se incorporó violentamente y dominando su ira rogó a la dama que no le volviese a mencionar el nombre de su enemigo.

Pasó el tiempo en el transcurso de una temporada teatral brillante. El presidente asistía al teatro en las noches de estreno, pero se retiraba antes de terminar la función.

En una noche de gala, el general hizo su habitual entrada colocándose en su palco del centro. Todas las localidades del teatro encontrábanse ocupadas por el más selecto público de la sociedad caraqueña, ansioso de admirar a Luisa en una de sus más grandes creaciones: el drama de Tamayo, "La Locura de amor".

El drama de Juana la Loca se desarrollaba encarnado magistralmente por Luisa. Los mismos actores de la compañía y los empleados del escenario estaban deslumbrados esa noche. El presidente Cipriano Castro seguía con evidente interés el desarrollo de la obra... Pasaron los tres primeros actos y el general presidente permanecía en su palco por vez primera en la temporada. y llegó el cuarto acto, y la escena en que la reina doña Juana presiente que su amado Felipe acaba de morir en la habitación contigua. Es el instante trágico en que se rompe el tenue hilo del que pendía la razón de la reina. Con un alarido febril, aquella infeliz mujer sale al encuentro de la muerte para cerrarle con su cuerpo el paso a la habitación contigua.

La actriz expresaba en tal instante, con susurros de terror y con el gesto de trágica insigne, la angustia de sentir como al través de su cuerpo se filtraba y pasaba inexorable la muerte. En aquel momento, cuando la reina lanza agudo alarido de terror, que en la voz de Luisa tenía acentos sobrehumanos, y la expectación del público galvanizado por el genio de la actriz era mayor, ésta se adelanta al proscenio y con los brazos extendidos al presidente, le dice: -Pido gracia para el general De la Rosa en el exilio y suplico a todas las damas presentes que se unan a mi ruego.

Todo el público se puso de pie, y con inmensa ansiedad esperaba el fallo presidencial.

Lentamente se fué levantando el presidente sin quitar la vista de la actriz, que ataviada con los negros crespones de la reina, se mantenía con los brazos abiertos en actitud suplicante. Cipriano Castro, aferradas nerviosamente las manos a la barandilla, paseó su mirada a derecha e izquierda, y, por dos veces, movió pausadamente la testa en señal de asentimiento." La ola de emoción que envolvía al público -añadimos nosotros- le arrebató en su cresta coronada de blancas espumas con fuerza irresistible, y le puso en los ojos, la única lágrima que mojaran aquellas mejillas; en el pecho, el único sollozo que ahogara un momento el corazón endurecido; en el alma,  ¡el único gesto con que no manchó su historia!

La vida de un artista está compuesta de goces y de dolores. El dolor es parte integrante de la generación. Pero el goce de la maternidad también le acompaña, suavizando la aspereza de la misión a que se ha consagrado. Luisa, mujer de sentimientos generosos y buenos, correspondiendo al ruego del viejo general venezolano, cuya vida se agostaba en el destierro, saboreó en aquella noche las mieles de un gozo sublime, tal vez el más exquisito y más puro que le proporcionara su carrera, no sólo porque había realizado una hazaña pocas veces repetida en la historia del teatro, o de la elocuencia, sino porque le había devuelto la luz a un hogar , la tranquilidad y el sosiego a unas hijas, la bendición de la paz del alma a una esposa infeliz.
 

en "Demi-Monde"

encarnando el personaje de la reina enamorada, Juana la Loca, una de sus grandes creaciones, y a la que se refiere la anécdota que aquí se relata

 

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