EVOCACION DE LUISA MARTINEZ CASADO ANTE LA ACADEMIA

 

Luisa Martínez Casado
Ensayo literario sobre la vocación de una gran actriz y la vida de una gran mujer

Escrito por: Eduardo Martínez Dalmau
Obispo de Cienfuegos

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Discurso de ingreso de Mons. Eduardo Martínez Dalmau en la Academia de Artes y Letras como miembro correspondiente por Cienfuegos. 32 de enero de 1948.

EVOCACION DE LUISA MARTINEZ CASADO ANTE LA ACADEMIA

Sr. Presidente de la Academia Nacional de Artes y Letras:
Señores Académicos:
señoras y señores.

No hace aún muchos años que un grupo de familiares, amigos y admiradores de la insigne actriz cienfueguera Luisa Martínez Casado, nos congregábamos en el recinto del cementerio donado a la ciudad de Cienfuegos por el insigne patricio Don Tomás Acea, para colocar, en sencilla cuanto emotiva ceremonia, la primera piedra del modesto mausoleo que se deseaba erigir a la memoria de aquella gloria legítima del arte escénico. Tuve entonces el extraordinario placer de escuchar el magnífico e impresionante recuento que de su deslumbrante carrera artística; tanto dentro de su patria como en el extranjero; nos hiciera con su acostumbrada elocuencia, el Dr. Francisco Ichaso.

Muy lejos estaba yo de pensar, en aquella oportunidad, que al cabo de un año, concluido ya el monumento, y debiéndose proceder a la inhumación de los restos de Luisa junto con los de su esposo y compañero de lides escénicas, lsaac de Puga, los familiares de la celebrada actriz habrían de fijarse en mi modesta 'persona para conferirme el alto honor de ser quien evocara su memoria frente a numerosa y selecta concurrencia.

El estudio de la personalidad de tan insigne mujer, que tuve entonces que realizar, me descubrió el panorama de una vida extremadamente seductora. La atracción irresistible que su visión despertó en mi alma, no provino, como pudiera suponerse, del mágico resplandor de lauros y trofeos ganados sobre el proscenio teatral, en España y México, en Venezuela y Colombia, en Cuba y Santo Domingo, en Panamá y Costa Rica, año tras año, temporada tras temporada, tan reales y verdaderos, que enjuiciándose por los críticos su interpretación de Margarita Gautier, no se vacilara en compararla con dos luminarias indiscutibles del teatro mundial: la francesa Sarah Bernhardt y la italiana Eleanora Duse. Ni tampoco se fundó en hechos tan extraordinarios como los acontecidos en México, por ejemplo, donde se repitieron las escenas de desbordamiento del entusiasmo popular que se dieran en Berlín cuando allá estuvo actuando la exótica bailarina americana Isadora Duncan.

Es que por encima de todo esto, escudriñando más íntimamente su personalidad, ella aparecía adornada en su interior con lujoso atavío de ricas prendas espirituales, divinamente embellecida con el pomposo cortejo de superiores galas del espíritu, de esas virtudes cristianas y humanas cuya posesión tanto contribuye a fundar y cimentar la admiración que nos inspiran los afortunados que las poseen, y que resplandecieron en la actriz cienfueguera, en forma singular, para su gloria personal y orgullo del teatro, dándole extraordinario realce a su vida entera, considerada bajo el triple aspecto de hija, esposa y madre.

Ya entendéis, señores. académicos, señoras y señores, porqué viene esta noche aquí, apadrinando, si puedo expresarme así, este acto de mi ingreso en tan ilustre corporación cuyas puertas me han sido abiertas por vosotros, en forma tan generosa y benevolente, que no tengo palabras con que agradecéroslo debidamente.

Quien, como Luisa Martínez Casado, fue espejo fiel de las mejores tradiciones de la mujer cubana, tan digna por todos conceptos, merece que su nombre se mencione junto al de cuantas, por el pasado, entendieron la alta misión que nos impone la vida, no rehuyeron uno solo de sus sacrificios y cumplieron con todos sus mandatos.

Pero quien, además, llevó gallardamente enhiesto el pabellón nacional, haciendo que el santo nombre de Cuba se paseara glorioso por los escenarios de España y América, es justo que venga aquí para que siquiera en forma póstuma y simbólica, ocupe uno de esos sitiales que antes engrandecieron otras mujeres cubanas de tan altos quilates artísticos y humanos, como las Aurelia del Castillo, las Nieves Xenes, las Dulce María Borrero.

Yo evoco, en estos instantes, su sombra inmortal, esa esencia y perfume de la naturaleza humana que jamás se desvanece totalmente, haciendo votos muy sinceros porque figura tan egregia se mantenga siempre viva en el recuerdo de toda esa juventud cubana que en el teatro y en la radio luchan con perseverante empeño por mantener en alto el culto del arte dramático en nuestra Patria bienamada.

 

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