¡ESPAÑA...!

Luisa Martínez Casado
Ensayo literario sobre la vocación de una gran actriz y la vida de una gran mujer

Escrito por: Eduardo Martínez Dalmau
Obispo de Cienfuegos

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¡ESPAÑA...!

Luisa Martínez Casado desembarcó en Santander el 22 de julio de 1878. Cumplido estaba, en parte, el sueño más grande de toda su vida: ver a España. Este nombre hacía latir con fuerza inusitada su alma candorosa y virgen, no sólo porque se presentaba ante los ojos del alma aureolada con el prestigio de ser la patria de su padre, un ser por ella tan querido, sino por el caudal de emociones que despierta su historia, lo mismo la política como la literaria.

Adentrarse en aquella Península es toparse en todas partes con lo romántico, porque es imposible disociar ningún cuerpo de su alma sin matarlo o aniquilarlo, así se trate de un individuo como de una nación. y el alma de la nación hispana, caballeresca y romántica de los tiempos pasados, dejó impresa su huella indeleble en la conformación de sus ciudades, en que cada reducto está cargado de recuerdos; en la estructura de sus edificios, pétrea encarnación del animador espíritu nacional, y en su literatura, floración más directa e inmediata de ese mismo espíritu, que hizo al Cid, a Guzmán el Bueno, a Cortés, al general Castaño, a la heroína de Zaragoza, al general Prim.

Para comprender el alma de un pueblo, es preciso amarlo, y era intenso el amor que Luisa. Martínez Casado profesaba al pueblo hispano. Para entender el lenguaje del romanticismo se necesita ser joven, cuando menos de espíritu, y Luisa se hallaba entonces en la primavera de sus años.

Por vocación propia y por inclinación ancestral, sentía la joven cubana honda admiración por todo el arte dramático español. Si volvía la vista hacia el pasado, la deslumbraba el recuerdo de los creadores y animadores del teatro clásico español. Los Cervantes, Lope, Calderón, Rojas, Moreto, Guillén de Castro, Tirso, Argensola y el inmortal Calderón, escriben, en cien años, más dramas que ninguna otra nación haya visto nunca.

Y esa vieja tradición teatral española, bella y gloriosa sin discusión posible, es un sol cuyos refulgentes destellos podrán eclipsar temporalmente insoslayables preocupaciones de carácter nacional, cuales las luchas por la independencia nacional o -las enconadas reyertas domésticas, que inspira el espíritu liberal, triunfante en las Cortes de Cádiz, para sacudirse el yugo del despotismo real e imponer el régimen democrático constitucional dentro de la gobernación del país. Mas en cuanto renacen el orden y la tranquilidad, siquiera de momento, el numen dormido despierta animado de nuevos bríos. Dada de un lado la espada, la pluma recobra su imperio. La fresca y poderosa imaginación nacional se puebla de nuevas imágenes, de nuevas quimeras, de nuevos fantasmas, y éstos no bajan ya de las nebulosas fronteras del empíreo clásico, sin que proceden de fuentes más inmediatas, es decir, de la vida humana y sus múltiples accidentes. El alma individual, ora victoriosa, ora vencida, en su pugna titánica y perenne con las fuerzas que se incuban dentro de sí misma, tanto para elevarla como para deprimirla, ocupa de preferencia la atención de escritores y público en general.

El romanticismo, en una palabra, que en otras naciones provocaba el talento, tentó también el del español, y el genio dramático hispano se enfrascó en la tarea con la misma decisión, firme y constante con que encarara antaño problemas infinitamente más intrincados y de difícil solución. No es de mi competencia, porque sencillamente no la poseo, juzgar del éxito mayor o menor logrado en las lides literarias de este período. No puedo deciros qué valor total haya de atribuirse al esfuerzo realizado por los caballeros españoles de la pluma tentados y solicitados por el numen romántico tan afín al al1na de su pueblo, Dejando a un lado los cristales del crítico, que no me sientan; esquivando ese mar de traicioneros escollos -peligroso de navegar aun para pilotos expertos- mirando las cosas como pudiera hacerlo el hombre común, o sencillamente como pudiera hacerlo Luisa a raíz de su llegada a la Corte, es posible afirmar que la atmósfera dramática, dentro del teatro hispano, no estaba exenta de brillo y esplendor, que. se había progresado, y que éste no desmerecía en comparación con lo que en ese mismo dominio se había realizado en otras naciones, Nombres hay de obras teatrales. como Virginia, Un Drama Nuevo, Don Álvaro, los Amantes de Teruel, Simón Boca Negra, el Trovador y otras muchas más, que conmovieron al público de aquella época, y sus autores, los Tamayo, los Bretón de los Herreros, los Hartzenbusch, los García Gutiérrez, los Zorrilla, los Ayala, los Ventura de la Vega, entre otros, ocupan un puesto de honor en los fastos de la literatura dramática.

Y en nada se rebaja el resultado del esfuerzo en general, porque el. impulso romántico, salido de madre, degenerara en obras fantásticas, donde lo real se mezcla con lo irreal ; el accidente hermano se proyecta fuera de los límites de la verosimilitud, como lo hace en las obras del insigne parlamentario liberal don José Echegaray. Sin embargo, es cierto que la fantasía de este' , espeluznante portento, que dijera Enrique Furles, y la de otros románticos de gran fuste como el inmortal Zorrilla, en pleno desbordamiento, arrebató sobre sus poderosas alas la imaginación popular; la sustrajo, siquiera por unos momentos, a preocupaciones inmediatas de mayor trascendencia que ensombrecían el porvenir: conturbando al político y al patriota; calmó su dolor y mitigó su intranquilidad con la seducción irresistible que ejerce el estro fecundo arropado en las galas de una rima, sino brillante, siempre altamente emocional.

El romanticismo había terminado su ciclo y , a su manera, había cumplido su misión de enseñar deleitando, meta de todo arte verdadero.

Con el esfuerzo dramático, en el orden literario, anduvo parejas el esfuerzo de los. actores por interpretar caracteres, a fin de reproducirlos sobre la escena en su estatura cabal y con sus rasgos definitivos, a los ojos del público madrileño y de las provincias; Quizá si el defecto de una obra acabada, que según datos de la crítica en general no se logró en esa época, haya de cargar con la culpa principal de que el teatro careciera de actores cumbres. Porque el actor queda siempre reducido a la función de intérprete. Y cuando más arriba afirmamos que también es creador, hay que entender el concepto restringida la actividad del actor dentro de los límites del dato literario sobre el cual descansa y trabaja. Sea de ello lo que fuere, la escena española de todo el siglo XVIII y XIX puede enorgullecerse de toda una serie de nombres ilustres, entre otros, de los de un Isidoro Mayquez, de un Romea, de un Tamayo, de un Carlos Latorre, de un Valero, de una Concepción Rodríguez, de una Teodora Lamadrid, de una Matilde Díez, de un Rafael Calvo, de un Antonio Vico, de una Elisa Boldún.

La necesidad, reconocida por todos de acrecentar el número de actores dramáticos de fuste, de intérpretes como los mencionados, y quizá si también el deseo de .premiar el mérito de los que habiendo brillado en las tablas veíanse obligados a dejar expedito el camino a los que se hacían adelante, con más bríos, con imaginación más viva, si no con mayor talento, había dado origen a la creación de un Conservatorio Nacional de Arte dramático, cuyo origen pudiera remontarse al insigne don Juan Grimaldi.

Al ingresar Luisa en el Conservatorio de Madrid, se puso bajo la dirección de la eminente actriz Matilde Díez.

Cualquiera comprende la felicidad que sintió al traspasar los umbrales de la renombrada institución. Poblada ya la imaginación con los fuegos que le suministraba su propia vocación, ésta se enardecía aún más con el trato de amigos y condiscípulos. El calor de la discusión, los comentarios que provocaba el mérito de los autores contemporáneos y de sus intérpretes, cada vez que se comentaba un estreno ruidoso ; el fervor con que cada cual sostenía su opinión, como sucede siempre -en todas las escuelas, conspiraban a mantener despierto y alerta el entusiasmo juvenil, estimulando sus propósitos de igualarse con ellos. Mas como ya lo dijimos y repetimos ahora, en ningún ramo de las Bellas Artes es tan cierto el aforismo evangélico de que muchos son los llamados y pocos los elegidos. En el teatro, o se es buen actor o no se es nada. Cualquier otro ángulo del arte resiste la presencia de la mediocridad, menos éste. Pero no cabe duda de que muchos fracasos pudieran evitarse si los discípulos se sometieran ahincadamente a los dictados de la experiencia cuando aconseja el acatamiento a la disciplina de la escuela, cualquiera que sea el valor inicial de las disposiciones naturales que adornen al aspirante.

Luisa poseía ese tanto de prudencia, porque había en el fondo de su alma una ingénita modestia que refrenaba y contenía los ímpetus de su natural ambición de colocarse entre los primeros. De esa virtud diéronse buena cuenta los críticos de su tiempo, quienes observaron la cautelosa parsimonia que dirigía sus pasos cada vez que procedía a dar uno hacia adelante. y como no sintió. Prisa por conquistar el sitio anhelado sobre las tablas, antes de merecerlo de veras, tampoco en la escuela hizo nada por sustraerse antes de tiempo a la dirección de sus maestros. Con disciplinado fervor acometió la tarea, dejando a la competencia de aquellos el juzgar de la madurez lograda, del terreno ganado, del progreso conseguido.

Nada perdió en comportarse así.

Ojos tan consumados en el ejercicio de la crítica, como los de una Matilde Díez, percibieron muy pronto el mérito real que se escondía dentro de aquella naturaleza tan rica en prendas como modesta en, sus pretensiones. Expertos en el ejercicio de guiar, lejos de refrenar sus ímpetus, los estimularon, y después de siete meses de estudio, le propusieron acometiera de un salto los cuatro años del curso. La prueba final, el concurso al primer premio del Conservatorio, se lo ganó en forma brillante, pues se lo otorgaba por unanimidad, un jurado compuesto por el Director del Conservatorio, Don Emilio Arrieta, el eminente académico Sr. Cañete, los autores dramáticos Echevarría y Santisteban, junto con el distinguido primer actor Don Manuel Catalina y otros tres celebrados escritores. Le oí contar ~ una grande amiga de Luisa Martínez Casado una anécdota relacionada con este concurso, que confirma su mérito extraordinario. Los días de estudiante de Luisa fueron de estrecheces y privaciones de todo género. La pobreza, ya se sabe, no es un baldón, pero tampoco representa una ventaja para el estudiante ya veces se convierte en un positivo escollo. Es el hecho que Luisa tenía que vestir el personaje del drama que el Jurado seleccionara para su prueba. Pero no había medios para hacerse de un vestido nuevo. Entonces recurrió a una amiga modista, y con ésta convino en que cosiera el traje que le hacía falta, volviendo del revés el único que poseía y con el cual había asistido a clases todo el año. Con este ingenioso recurso la pobreza suplió la necesidad, y el talento pudo brillar en las oposiciones. De esta manera se cerraba, con broche de oro, la primera etapa de la carrera artística de Luisa. La hermosa y talentosa joven cienfueguera colmaba a plenitud las risueñas esperanzas que padres y admiradores habían colocado en ella.
 

"La dama de las camelias" fue otra de las geniales creaciones de Luisa Martínez Casado

 

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