Un desarrollo económico limitado y desigual

 

Nace la colonia Fernandina de Jagua

 

5. Un desarrollo económico limitado y desigual

 

           Estrechamente dependiente de su desarrollo demográfico, el desarrollo económico de la Fernandina de Jagua fue relativamente regular durante el periodo de fundación. Sin embargo, este desarrollo, si bien partió de un nuevo tipo de estructura económica – la del artesano y del pequeño agricultor – se fue transformando e integrando poco a poco en el ámbito socio-económico al que se veía confrontado –el de los grandes plantadores.

          La información utilizada para determinar las principales características de la actividad de la Fernandina está constituida por tres informes – de 1824, 1827 y 1832 - sobre el estado de la colonia, que hubo de contrastar con las demás informaciones contenidas de forma esporádica en la correspondencia relativa a la fundación.  

          Las infraestructuras básicas fueron las primeras en ser fomentadas, tal como lo indicaba De Clouet en un informe sucinto de 1821, cuando el ni siquiera seguía en la colonia. De Clouet alegaría en 1826 que su oposición al Trienio Liberal en el poder en España era el motivo de su salida para Burdeos durante tres años – de 1820 a 1823, a pesar del aval que dicho gobierno liberal dio a las empresas de poblamiento blanco, y en concreto, el 5 de agosto de 1820, a la de la bahía de Jagua. Las rivalidades con algunos plantadores influyentes de la zona y la oposición interna a la que tuvo que enfrentarse De Clouet en su papel de Fundador-gobernador todo poderoso constituyeron, al parecer, las razones de su salida de la colonia. En todo caso, De Clouet no se había ido sin dejar a la cabeza de la colonia a su hijo, Alejandro.

          En 1821, pues, se hallaban montados en Jagua 114 casas, un hospital, un cuartel y una iglesia. El numero de terrenos distribuidos ascendía a 189 y 51 estaban sin repartir. En el cuartel se alojaban 160 milicianos nacionales (independientes de la guarnición del fuerte Nuestra Señora de los Angeles situado en la entrada de la bahía). Muchos de ellos formaban parte del antiguo regimiento de Luisiana que había dirigido De Clouet en su momento.

          Considerando que la colonia había demostrado continuos esfuerzos y numerosos progresos, De Clouet reclamaba a cambio de lo realizado un titulo nobiliario de Castilla, 100 000 pesos por su cargo de fundador y 73000 en concepto de los gastos que había adelantado. En estos gastos entraban los del viaje de los colonos hasta Jagua y la perdida de dos barcos, de los cuales uno había sido capturado por los independentistas de Costa Firme. La respuesta de las autoridades de Cuba no correspondieron a las esperanzas del fundador, considerándose justificado el reembolso de los gastos por la Hacienda de Cuba pero no suficiente el estado de avance de la colonia a cargo del fundador. Para conseguir los 100 000 pesos, la actividad de la colonia debería haber alcanzado un mínimo de 2 millones de renta. Sin embargo el Capitán General reconocía el papel promovedor de De Clouet, insistiendo en “su infatigable celo, aptitud y laboriosidad [...] aumentando su extraordinario mérito el vencimiento de los obstáculos”. Por ello y para incitar el fundador a seguir en su empresa, se proponía otorgar a De Clouet su título de Castilla así como 60 caballerías suplementarias de tierras cultivables.

          Una vez acabado el periodo liberal, y animado por el Cónsul de España en Burdeos, Isidoro Montenegro, De Clouet volvió y en 1824 se hizo otro informe respecto al desarrollo de la colonia.

          El informe de 1824 se convirtió rápidamente en un asunto político, sus resultados siendo discutidos por una parte de la administración cubana y varios hacendados de la región de Jagua.

          El 31 de agosto de 1824,  en nombre de la Junta de Población, Andrés Jauregui efectuó una visita de control a la colonia cuyos resultados fueron dirigidos a Dionisio Vives, el nuevo Capitán General de Cuba. En el informe figuraba un listado de lo que habían edificado los colonos, como prueba del escaso desarrollo que Jauregui decía haber constatado.

          Se habían erigido en la Fernandina 225 casas, de las cuales 25 estaban cubiertas de tejas (3 eran hechas de masonería), 23 de tejamani (dos eran paradores y otras dos estaban equipadas de cisterna), 177 de guano con cocina (tipo bohío), y 26 “en blanco” a la espera de recibir cobertura. En tres escuelas se impartían las clases a los niños de la colonia. Tres albergues, de las que una tenía habitaciones, proponían sus bebidas y manjares a la población. Los comercios se componían de diez tiendas de comestibles, tres panaderías, una pescadería, tres chocolaterías (podría que se trate de almacenes del cacao cultivado por los colonos), y cuatro matadores de porcinos y bovinos. De este último dato se puede deducir que, o muchos de los colonos de la Fernandina se dedicaban a la ganadería, o – es lo más probable - sólo mataban los animales criados por los grandes hacendados. El artesanado fuera del sector alimenticio también estaba presente con dos forjas, dos hornos de cal, varios otros de ladrillo y tejas, una orfebrería, una fábrica de lamparas, una de toneles, cuatro carpinterías tres zapaterías, dos sastrerías, una barbería y un taller de guarnicionero. Un único almacén servía al deposito de las mercancías de la colonia, lo que deja suponer un tráfico portuario aún escaso. La composición de las embarcaciones parece confirmarlo, hallándose en la colonia un chalán reforzado con cobre, una goleta, una piragua, otro chalán propiedad del Gobierno de la Fernandina, así como varios canoas y piraguas pertenecientes a particulares para el abastecimiento en agua. Cuatro carruajes con sus bueyes eran adscritos a la descarga de los buques, y cinco carretas pequeñas servían a la distribución de agua. La Guía de forasteros de 1824 revela además la existencia en esta época de una oficina postal - que no figura en el informe de Jauregui - situada en las tierras de Cumanayagua, propiedad del hacendado Santa Cruz.

          Podemos apreciar como, en a penas cinco años, la colonia había tomado el aspecto de un pueblo grande, provisto de los servicios mínimos necesarios al asentamiento durable de una población recién inmigrada. Sin embargo, cabe notar que la colonia tiraba aún en 1824 poco provecho de las ventajas naturales de las que disponía, la producción y el comercio no llegando a alcanzar los dos millones de renta, cantidad mínima exigida por las autoridades insulares para satisfacer las ambiciones personales de De Clouet. Cabe notar que el puerto de Jagua aún no estaba habilitado al libre comercio (contrariamente al de La Habana, Matanzas, Santiago, de la vecina Trinidad o de la mas reciente Mariel), lo que limitaba las actividades mercantiles marítimas de la Fernandina.

          Por otra parte, cabe notar que el informe de Jauregui no presentaba la situación del campo de Jagua que, al parecer, seguía utilizándose para cultivos de subsistencia.  

          Los resultados recogidos tres años mas tarde para la publicación del Cuadro Estadístico de 1827 mostraron ya un cambio sustancial en el nivel de desarrollo de la Fernandina, eso pese al huracán que devastó la colonia el 1º de octubre de 1825 y dejó en pie a tan sólo siete casas.

          Este nuevo informe fue encargado por el Capitán General Vives, a instancias del Gobierno de la metrópoli, el cual pedía las primeras conclusiones acerca del blanqueamiento de su Siempre Fiel Isla de Cuba.

          La colonia estaba descrita como una ciudad casi rectangular de una superficie de seis caballerías y formada de calles rectas y anchas. Una plaza principal reagrupaba en su contorno los principales lugares de poder, tales como el palacio del Gobernador y la iglesia. La ciudad se dividía en cuatro barrios, llamados Cienfuegos, Ramírez, Cagigal (Capitán General de 1919 a 1822) y, como no, De Clouet. Pero la realidad descrita dejaba algunas reservas en cuanto al desarrollo aparente:  

en el día solo aparecen algunos grupos informes de edificios desiguales, varios de vistosa construcción, y la mayor parte pequeños aislados y de poca consistencia[;] el número de ellos asciende a 285”.

          El censo distinguía 148 casas y bohíos, 105 casas de adobe, madera y tejas, 28 de madera y tejamani, y cuatro hechas de masonería y cubiertas de tejas. La iglesia ya mencionada en 1824 estaba hecha de cedro y guano. El cuartel solo podía acoger una compañía de infantería. En lugar de las tres escuelas de 1824 figuraba una sola escuela elemental mixta. El pequeño comercio había incrementado un poco, debiéndose añadir a lo existente en 1824 5 tiendas de ropa, 15 tiendas de ultramarinos y tabernas, 5 panaderías y una armería. El aumento de habitantes también se apreciaba por la presencia de un médico-cirujano suplementario respecto a 1824. ¿Cuáles eran, pues, los progresos de la colonia? Estos se habían concentrado en un incremento de los intercambios efectuados a partir del puerto, este comportando 8 almacenes en 1827, o sea, 7 más que en 1824. El pequeño comercio no podía haber asumido, en tres años y por si solo, un tal incremento del volumen de mercancías almacenadas. La respuesta la encontramos en los anexos 4 y 5 del Cuadro Estadístico de 1827 en el que se hallaban resultados relativos a la producción y riqueza de los colonos del campo pero, sobre todo, se mencionaba la existencia de cuatro ingenios (de los cuales no se indica nada mas) en las inmediaciones de la colonia. Pero veamos a lo que se dedicaba en 1827 la mayoría de los colonos. 

          La ganadería y los cultivos de subsistencia seguían siendo la ocupación del medio millar de pequeños blancos instalados en el campo cercano a Jagua. La casi totalidad de la producción la componían la maloja (maíz para animales), el cogollo (caña de azúcar joven), la hierba de Guinea (¿?), el maíz, el plátano, la yuca, el boniato (tubérculo cercano a la patata), la malanga (patata dulce), el ñame, la judía y otros leguminosos. Algunas arrobas (1 arroba = 11,5 k) de miel y  otras de cera de abejas destinada a la fabricación de velas así como una pequeña cantidad de tabaco completaban una producción mas bien dirigida hacía el consumo de los colonos. El ganado no era mucho mas desarrollado. Algunos corderos y cabrones eran destinados a la fabricación de lana y ropa de piel. Los caballos estaban presentes en buena cantidad así como los bueyes de labor y de tracción, en proporciones equivalentes a un animal para dos colonos. Además, cada colono poseía quién un toro, quién una vaca, al que había que añadir dos porcinos. Las mulas eran escasas, limitándose a tan solo 9 ejemplares.

          La descripción de los medios de producción y del estatuto de las tierras de las que disponían los colonos ayuda a entender la ausencia de despegue económico. El equipamiento agrícola era muy restringido, con una treintena de carretas para todos los colonos cuando los documentos preveían una para cada uno de ellos.

          En cuanto a la cantidad y el estatuto de las tierras repartidas, la pequeña propiedad siendo la base para la obtención de las ayudas, existían 90 pequeñas haciendas cubriendo 415 caballerías. Ninguna acción de compra-venta podía hacerse con las tierras de los colonos durante cinco años. Esta medida las protegía de la mira de los grandes propietarios presentes en la región pero a la vez su pequeño tamaño impedía el crecimiento productivo.

          Eso sí, el objetivo de asentar durablemente a una población blanca que moleste lo menos posible los intereses de la oligarquía cubana dueña de la isla se cumplía en 1827. No obstante, esta orientación no pudo durar mucho tiempo.  

          En 1832, como era habitual para los puertos de Cuba, se efectuó el estudio del balance comercial del puerto recién habilitado de la Fernandina, al convertirse la colonia en Villa de Cienfuegos en el año 1829.

          Si los datos presentes en el balance comercial no permiten hacer una comparación directa con los datos de 1824 y 1827, indican sin embargo la importancia tomada por el puerto y los “nuevos productos” que por él transitaban.

          En 1832, pues, Cienfuegos acogió 16 buques declarados (mas de uno al mes) de los cuales 7 eran españoles, 5 norteamericanos y 4 ingleses y vio salir de su bahía 7 barcos para los Países Bajos y 1 para los Estados Unidos. Demuestran estos datos que la antaño llamada Fernandina se había determinadamente girado hacía el exterior, y no sólo hacía Cuba o su metrópoli. Además de la ya mencionada libertad de comercio vigente desde 1789 e impulsada nuevamente en 1818, los hechos internacionales en los que estaba involucrada España en esta época explican que la oligarquía cubana buscara otros mercados menos afectados por la inestabilidad  internacional que España.

          El valor de las importaciones del puerto de Jagua (78890 pesos) era bastante mas elevado que él correspondiente a las exportaciones (50454 pesos), Cienfuegos siguiendo necesitando mas de lo que podía ofrecer. Los productos importados eran principalmente alimenticios, y se componían de mantequilla, grasa y carne de cerdo, queso, carne de vaca, carne y pescado ahumados y, sobre todo, de arroz y harina. Deja suponer esta lista que Cienfuegos no podía ni siquiera suministrarse a si misma en cuanto a la alimentación de sus habitantes. Se importaba también 1732 libras de velas, cuando este producto figuraba en los que hacían los colonos. Tres factores parecen poder explicar esta situación. Primero, y es el mas evidente tras recordar los mas de 12 000 habitantes de los que se componía Cienfuegos en 1832, está el factor del aumento constante de la población de la Fernandina durante la década de 1820, con una aceleración a finales de ésta, posiblemente a consecuencia de la elevación de la colonia al estatuto de Villa. Por otra parte, la colonia vio como, a medida que se estaba consolidando, su área de influencia estaba creciendo, y las reformas administrativas cubanas de 1827 reforzaron esta tendencia dando mas competencias (tanto territoriales como jurídico-administrativas, eclesiásticas, políticas y militares) a la parte central de la Isla. No cabe duda que esta potenciación del Departamento Central se debió al fomento de las grandes plantaciones en el interior de las tierras, fenómeno que fortaleció a su vez a Jagua como puerto apropiado al comercio para esta parte del territorio cubano. Y donde había ingenios, había esclavos que tenían que comer. Para terminar con la escasez de alimentos, existe un tercer factor, que no es paradójico con los dos primeros que enunciamos. Se trata de la reconversión progresiva de muchos de los pequeños agricultores en proletariado de las urbes cubanas y de la incorporación de una parte de ella en los ingenios que se fueron apoderando de sus tierras, habiendo vencido el periodo de cinco años de prohibición de su compra-venta. El numero de pequeños agricultores disminuyendo, el suministro en comestibles diarios se hacía mas difícil y se debía recurrir a la importación de productos tan básicos como la materia grasa o la carne.

          A pesar de ello, hay de notar que el valor de las exportaciones era ya muy elevado para una ciudad de poco mas de diez años como Cienfuegos. Las características de las exportaciones confirman la importancia creciente del sector de la gran plantación en la región de Cienfuegos. En 1832, habían salido del puerto de Jagua 18 893 arrobas de azúcar, parte todavía insignificante del total exportado en Cuba, pero principal fuente de ingresos para Cienfuegos y su puerto. Seguían las exportaciones de cera (1139 arrobas), de café (802 arrobas), de tabaco en hojas (192 arrobas) y en cigarros (254 arrobas) y, para terminar, de miel de abeja (169 arrobas).

          La poca capacidad de autosuficiencia y el peso creciente en su economía de los productos coloniales clásicos caracterizaban la Cienfuegos de 1832. Es también mas que probable, aunque no hayamos encontrado ninguna información que confirme esta tesis para la época estudiada, que el puerto de Jagua, por sus cualidades geográficas y el cerco que pronto formaron a sus alrededores los ingenios, haya servido de puerto negrero desde el fin de los años 1820.

          De este crecimiento, limitado y debido a una reconversión progresiva de la colonia de pequeños agricultores en una ciudad portuaria y su campo dominado por los terratenientes, pocos colonos sacaron provecho.   

          Pese a su polémico estado de avance, la empresa de fundación generó flujos tanto de dinero como de otros tipos de riquezas como tierras, títulos de nobleza, ventajas políticas o económicas... Si los colonos estaban en su gran mayoría expuestos a dificultades para su propia supervivencia, algunos de ellos se hicieron con el poder, en su sentido mas absoluto.

          Un personaje como Louis de Clouet consiguió desde los inicios de la fundación acaparar todos los medios que en ella serían empleados: políticos, económicos, administrativos, judiciales, militares, sociales... Ya el papel de fundador, definido por el decreto-contrato de 1819 como propio de De Clouet, le otorgaba una autoridad a prueba de toda veleidad contraria a sus intereses personales. La falta de control sobre su tarea permitía también a De Clouet manejar a su favor los asuntos de la colonia. Hay que tener en cuenta que De Clouet, propietario de una gran fortuna ya antes de su llegada a Cuba, invirtió dinero y energía en el proyecto, con miras a beneficios mucho mayores. En sus cartas de 1826, De Clouet exponía a las autoridades españolas que había invertido en 6 años unos 130 000 pesos en la empresa, cantidad importante cuando se la compara al salario que recibía un empleado urbano (20 a 30 pesos al mes) o un jornalero agrícola (10 a 20 pesos al mes). De Clouet pudo a los pocos meses de su instalación en Jagua comprar un ingenio con la ayuda de el ingeniero y alto funcionario cubano de origen francés Honorato (Honoré) Bouyon, quién realizó la delimitación de las fronteras y terrenos de la colonia. Su fortuna familiar, las ganancias de su ingenio, el reembolso de las inversiones realizadas, y sobre todo el manejo de las finanzas de la colonia enriquecieron considerablemente a un De Clouet deseoso de alcanzar la cima de la jerarquía social no solo en Cuba o España, sino sobre todo en su propia clase noble ultra monárquica, en el seno de la que hacer “algo grande” para la Corona Real y Católica (que sea francesa o española) valía tanto sino mas que la fortuna que se pudiera adquirir llevándolo a cabo. Tuvo que enfrentarse en su lucha por el éxito social a una oligarquía implantada desde mucho tiempo en Cuba, verdadera poseedora de la isla, y para superarlo, empleó a fondo todos los apoyos que podía utilizar: la administración peninsular y una parte de la oligarquía cubana por un lado, los indefensos colonos creadores de actividad económica y riqueza por otro. Cuando murió de Clouet en Córdoba (España) en 1848, se le enterró como Conde la Fernandina de Jagua – título obtenido en 1840 - y el Ministro de la Guerra de Isabel II se desplazó al funeral... En Cienfuegos, se le rindió un homenaje y un luto oficial fue seguido en Cienfuegos durante una semana.

          La otra cara de la fundación, sean los esfuerzos físicos, el labor discontinuo y las consecuencias negativas de las luchas de poder que tenían lugar en la colonia, la conocieron los colonos. Pocos de ellos, generalmente los mas calificados profesionalmente o los pequeños comerciantes, pudieron realizar el sueño que todos tenían: empezar desde cero para conseguir una pequeña fortuna o, simplemente, ser dueños de su propia vida. Muchos de ellos compartían las ambiciones de los que les mandaban. Unos murieron, emigraron a otras ciudades de Cuba, o regresaron a su país de origen, otros se quedaron para cultivar su tierra o la de los hacendados, sin vivir mejor que en el lugar de donde procedían. En cuanto a estos pequeños cultivadores que marcaron los diez primeros años de la colonia Fernandina, un tal B. Huber nos describe en su Aperçu statistique de l’île de Cuba – no sin expresar opiniones que le dejamos asumir solo - la condición social de esta nueva clase blanca:  

Son como pequeños terratenientes, propietarios de unas caballerías de tierra en las que construyen una cabaña de piedra que cubren con palmera real; estos colonos están fijados allí, con sus familias, en una soledad patriarcal, generalmente  situados a unas diez o veinte millas de un mercado; cultivan el maíz, crían aves y cerdos, hacen carbón, y preparan bálago hecho con la hoja y la corteza de la palmera, que se llama en el país uno el guano y el otro la yagua; cosechan legumbres y hierbas hortalizas, y recogen en sus estaciones respectivas la variedad de frutas que la naturaleza provee a sus alrededores. Estas diversas fuentes de beneficios son el resultado de muy pequeños trabajos comparado a nuestros climas; porque lo que se considera lo mas penoso es el transportar al mercado los diferentes productos. Cogen algunas veces un esclavo como ayuda, pero es generalmente una asistencia demasiado costosa; así conducen ellos mismos sus bueyes al arado, y ellos mismos también siegan sus campos. Algunos tiempo después, cuando han adquirido algo de holgura, creen entonces haber llegado al punto en el que se puede ambicionar el privilegio de indolencia de sus superiores, y sin pensar en el futuro se dejan caer en la pereza, hasta el momento en el que se dan cuenta que lo que poseían está desapareciendo, y de nuevo se ponen al trabajo. Se podría incluir en la misma clase los artesanos, tales que carpinteros, masones, cerrajeros, etc... así como los obreros empleados en las plantaciones; pero como su condición y sus costumbres se aparentan mas a las de los hombres libres de color con los que fraternizan, no trataré de ellos. A bien examinar esos “monteros”, parece ser una sangre negra la que corre en sus venas, sus piel es algo mas morena que la tez coloreada por los rayos del sol[1]        

          Tampoco se deben olvidar en este panorama social de la Fernandina los esclavos - aunque no sean objeto de este trabajo ni mencionados en los documentos de la Fernandina que llegaron a España hasta 1833 - quienes, según los censos, también estuvieron presentes en la colonia, y cuya situación fue aún peor que la de los colonos. Estos formaron un grupo social intermedio, contribuyendo a la formación de una “nueva” sociedad cubana. Su condición de grupo social libre le daba determinados derechos participativos en la vida presente y futura de la colonia. Sus intereses, culturalmente semejantes a los de la oligarquía blanca, no lo eran socialmente. En los últimos años del periodo de consolidación de la colonia a finales de la década de 1820, la confianza que los colonos habían dado a De Clouet desde los inicios de la fundación empezó a disminuir. En el seno de la oligarquía – en la que incluimos a De Clouet – también surgieron conflictos, cuyos efectos se hicieron sentir en el desarrollo de la colonia.



[1] Huber B., Aperçu statistique de l’île de Cuba précédé de quelques lettres sur la Havane et suivi de tableaux synoptiques, d’une carte de l’île, et du tracé des côtes depuis la Havane jusqu’à Matanzas, Paris,Imp. de Crapelet, 1826, p.50-51« Ils sont comme des petits tenanciers, propriétaires de quelques “caballerias” de terre sur laquelle ils bâtissent une cabane en cailloux ou pierres à fusil qu’ils couvrent avec le palmier royal; ces colons sont fixés-là avec leurs familles, dans une solitude patriarcale, placés ordinairement à dix ou vingt milles d’un marché; ils cultivent le maïs, élèvent de la volaille et des porcs, font du charbon, et préparent du chaume fait avec la feuille et l’écorce du col du palmier, qu’on appelle dans le pays l’un le “guano” et l’autre le “yagua”; ils récoltent des légumes et des herbes potagères, et recueillent dans leur saison respectives la variété de fruits que la nature fournit abondamment autour d’eux. Ces diverses sources de profit sont le résultat de très petits travaux comparativement à ceux de nos climats; car ce que l’on considère comme le plus pénible c’est de transporter au marché les différents produits. Ils prennent quelquefois un esclave pour aide, mais c’est généralement une assistance trop coûteuse; aussi conduisent-ils eux mêmes leurs boeufs à la charrue, et eux-mêmes aussi ils moissonnent leurs champs. Quelque temps après, lorsqu’ils ont acquis de l’aisance, ils se croient alors arrivés au point où l’on peut ambitionner le privilège d’indolence de leurs supérieurs, et sans songer à l’avenir ils se laissent aller au penchant de la paresse, jusqu’au moment où ils s’aperçoivent que ce qu’ils possédaient disparaît, et de nouveau ils se mettent au travail. On pourrait également ranger dans la même classe les artisans, tels que charpentiers, maçons, serruriers, etc..., ainsi que les ouvriers employés aux plantations; mais comme leur condition et leurs manières approchent de celle des hommes libres de couleur avec lesquels ils fraternisent, je ne m’en occuperai pas. A bien examiner ces “monteros”, on dirait que c’est du sang noir qui coule dans leurs veines, leur peau a quelque chose de plus foncé que la teinte rembrunie par les rayons du soleil.»

 

 

Los obstáculos al desarrollo de la colonia

Plano de la Villa

 

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