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El combate de las piraguas
Entre
los siboneyes de Jagua se destacaba Ornoya, una bravo y fornido guerrero,
que más de una vez se había medido con peligrosos adversarios derrotándolos.
Ornoya era el orgullo y la seguridad para los moradores de Jagua.
Un
día el viejo cacique Ornocoy, que reinaba en una de las islas lucayas,
codicioso de las riquezas y de las mujeres de Jagua, se presentó en la
bahía acompañado por más de doscientos guerreros a bordo de varias
decenas de piraguas, armados de flechas y macanas.
Apercibidos
del peligro los habitantes de Jagua mandaron al monte a las mujeres, a los
niños y a los ancianos en busca de refugio y salieron en sus piraguas al
encuentro de los lucayos.
Al
frente de los siboneyes de jagua iba Ornoya blandiendo su macana, con
gesto desafiante, en la primera piragua. La lucha fue encarnizada.
Flechas, lanzas y macanas salieron a relucir. De ambos bandos caían los
hombres atravesados por las flechas, traspasados por las lanzas o con el
cráneo destrozado por las macanas.
Ornocoy
, el jefe lucayo, usó toda su destreza de viejo guerrero para derrotar a
los de Jagua que, guiados por Ornoya, peleaban con tal fiereza que
lograron dar muerte a Ornocoy.
Aterrorizados
los lucayos por la muerte de su jefe, trataron de huir en las piraguas,
pero fueron hechos prisioneros, entre ellos seis caciques. En la playa los habitantes de Jagua, en ruidosa alzagara dan vivas y reciben como héroe a Ornoya y a los hombres que habían triunfado en la batalla de las piraguas.
El combate de las piraguas
Cortando airosas los mares vuelan las bellas piraguas que a los combate conduce el cacique Bahamas en el altar se arrodilla, jura el guerrero venganza y su belicosa gente encamina a nuestras playas. Pueblan con voces sonoras los aires a las montañas; y con los remos y quillas las velas atormentadas, nevados surcos de espumas heridas del sol formaban, son los guerreros feroces de las vecinas Lucayas, tiñen el rostro severo pintas negras y encarnadas, y a la merced de los vientos las rojas plumas flotaban. Un cacique los dirige tan experto en las batallas, que no hay islote en el golfo que no cante sus hazañas. El invierno de la vida aun sus brazos no doblaba, y en los centellantes ojos refleja el fuego del alma. Un magnífico carcaj cuelga del hombro a la espalda, y en la alta mano suspende una nudosa maza. <<Avancemos, compañeros, el que espera nada aguarda. La prudencia hace al cobarde, el héroe fía en la audacia>> Dice, y su gente furiosa flechas y piedras disparan. Y avanzado en dobles líneas cercan el puerto de Jagua. Aturde el ruido que forman los guerreros en su marcha, y el espanto y el terror en nuestras costas derraman, y a lo lejos parecían los infernales fantasmas, que en las tartáreas regiones entre las tinieblas vagan. Nuestras indias inocentes que los cerros coronaban, despavoridas corrían a las desiertas cabañas, sueltos los negros cabellos en las desnudas espaldas y en la cuna de sus hijos los bellos ojos fijaban, pero apenas el rumor oye el cacique de Jagua, al fiero Ornoya confía la salvación de la patria, todo es vida y movimiento, hierve la gente en las playas, resuenan los caracoles, cúbrese el mar de piraguas, y las lúgubres bocinas. Sordas al aire rasgaban vuela el cacique al combate, y a la juventud arrastra, ya con el arco o la piedra, ya con el remo o la maza. Ornoya el fiero guerrero flor de los héroes de Jagua, cuyo brazo no vencido, era el cedro en las montañas; y cuya voz excedía al trueno que ronco brama, y al rayo que corta el aire en rapidez semejaba, da la señal, y sangrientos sus guerreros avanzaban, y empeñan la recia lid, tiñen de sangre las aguas, chocan las naves, se estrellan, y airadas se despedazan las dos enemigas tribus al soplo de la venganza, en medio de la pelea Ornoya el brazo levanta aquí hiera allí extermina, allá empuñando la maza abre a un rival la cabeza y del cuerpo la separa. Pero al ver que el enemigo dobla irritado su audacia, con acento varonil a su hueste electrizaba <<Compañeros, las victoria corona nuestra esperanza combatamos, y seguidme que el que expira en la batalla, a la noche del sepulcro no bajará sin venganza. ¿Qué teméis? Una es la muerte, solo la deshonra infama, los cuerpos del enemigo Nos servirán de mortaja>>. Dice; y las naves ligeras miden furiosas las aguas cortan el aire las flechas, el mar sus ondas levanta, y se amontonan cayendo piedras, troncos, leños, mazas; a los golpes se desploman una entreabierta piragua, y en las rocas puntiagudas se oyen estrellar las tablas los guerreros semivivos arroja el mar en las playas y los fúnebres clamores el viento lleva en sus alas. Nadie vacila en la lucha, y el laurel de la batalla indecisa la victoria a los campeones negaba. Cuando rompiendo las olas en una hermosa piragua por las filas enemigas el audaz Ornoya avanza. Y el genio de las tinieblas finge el guerrero en su marcha síguenle doce campeones de recios miembros y espaldas, ágiles, vivos y osados, en cuya frente tostada azules y blancas plumas tintas en sangre flotaban enfurecidos se arrojan, y en la enemiga piragua acometen al cacique que fieramente luchaba con el tropel de guerreros por arrebatar la palma. Cuando clavan sus sienes una flecha emponzonada; el cacique lanza un grito, vacila, cae y la maza de la mano moribunda suelta al exalar el alma. Clamando con ronco acento ¡Victoria, Muerte, Bahama! al ver caer el guerrero infiel su gente se desmaya, y furioso el bravo Ornoya rompe, desordena, mata, filas entera derriba, y de piragua en piragua, como el rayo en la tormenta, atropella, desbarata y en el montón de cadáveres su sombra se dibujaba como el Ángel de la muerte que el universo amenaza. <<Victoria>> gritan cien voces, y en la ruidosa alzagara. <<Victoria>> a Ornoya repiten las indias en las montañas. huye aterrado el vencido, baten los remos las aguas y en el vecino horizonte el sol las velas doraba; hierven las olas, los vientos despliegan fieros las alas, y en la fila de dos en dos, con las vencidas piraguas y seis caciques rendidos entra el vencedor en Jagua. Ramón Velez Herrera
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