CIENFUEGOS, CUNA DE LA ACTRIZ

Luisa Martínez Casado
Ensayo literario sobre la vocaci&0acute;n de una gran actriz y la vida de una gran mujer

Escrito por: Eduardo Martínez Dalmau
Obispo de Cienfuegos

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CIENFUEGOS, CUNA DE LA ACTRIZ

Señores Académicos;
señoras y señores:

Por el año de 1860, la ciudad de Cienfuegos que bien pronto habría de ser bautizada con el nombre de Perla del Sur, debido a su maravillosa posición frente al Caribe, con el cual se comunica a través de una espaciosa y segura bahía, admirada y frecuentada por los primeros descubridores, entre ellos el benemérito e insigne P. Las Casas, se hallaba aún en el apogeo de su expansión urbana y comercial, pues apenas habían transcurrido cuarenta años de su fundación por el coronel francés, don Luis de Clouet.

De todas partes de la Isla y del propio continente americano, era un acudir de hombres y mujeres ganosos de incorporarse al vecindario de la ciudad sureña, impelidos por el mismo afán de invertir su capacidad de trabajo con perspectivas de mayor, provecho, fuera del marco de las ciudades de antiguo asiento, donde la competencia se hacía cada vez más difícil para los advenedizos sin arraigo y sin antecedentes.

Entre las numerosas familias de habla española, que en Cienfuegos alternaban con otras francesas, inglesas, holandesas y aún alemanas, nos encontramos con la que presidía el madrileño don Luis Martínez Casado. Constituían este hogar, su cabeza, ya mencionada, su mujer doña Guadalupe Muñoz y Magariño, viuda y con algunos hijos habidos de su anterior enlace. Hacía poco tiempo que habían casado, y de tal unión tuvieron seis hijos, entre ellos Luisa.

Será preciso fijar nuestra atención en este hogar cienfueguero, con un poco más de detenimiento, a fin de aquilatar el influjo que pudo haber ejercido sobre la vocación artística de Luisa, el más relevante de todos sus miembros, y reconocerle la parte de mérito que le corresponda.

No sé hasta qué punto, señoras y señores, se cumple en los vástagos esa ley de la herencia en cuya eficacia creía tan firmemente Balzac, el celebrado autor de la Comédie Humaine, según afirma Taine en su ensayo crítico sobre la eminente escritora Aurora Dupin, generalmente conocida bajo el pseudónimo de George Sand.

Es innegable que existe un nexo espiritual entre el ser humano y el ambiente familiar en que vive y se desarrolla. No queremos insinuar que el ambiente cree facultades inexistentes. Pero sí afirmamos que cuando un sujeto viene al mundo y la naturaleza lo bendice sembrando en su alma el germen de facultades extraordinarias, un ambiente propicio puede definir una vocación, anticipando la madurez del genio, o simplemente del talento verdadero. Una investigación llevada a cabo por los campos del arte, en cualesquiera de sus manifestaciones, sería suficiente para comprobar mi aserto. Se me ocurren espontáneamente los nombres de un Beethoven, de un Liszt, de un Schubert, ejemplares de precocidad logrados merced al influjo de un ambiente familiar propicio. El nombre de don Luis Martínez Casado tiene que mencionarse por este motivo en primer lugar, en relación con la vocación artística de su hija, y con el éxito logrado por ella con posterioridad.

Fue don Luis un hombre de posición modesta. No poseyó bienes de fortuna en cantidad apreciable, e igualmente modesta era la familia que vivía en Cienfuegos. Pero suplía con el talento de que estaba dotado, y con el trabajo manual, que para ambos tuvo tiempo, la falta de esos bienes materiales que un santo de la antigüedad llamaba “espina”, me figuro que un poco ingenuamente, visto lo que está pasando en estos aciagos días.

Ese empeño, esa laboriosidad tan característica en los hombres de su raza, que vinieron a este hemisferio y aquí realizaron maravillas, le hizo acreedor a que el más conocido historiador de Cienfuegos –que además fue su íntimo amigo–, don Enrique Edo, le consagrara algunas páginas de su celebrado escrito, a través de las cuales se vislumbra en la personalidad de don Luis, no obstante la obligada brevedad del relato, al ciudadano preocupado antes que de engrandecer su hacienda, de servir a la prosperidad y adelanto del pedazo de tierra en donde se está librando la gran batalla de la vida, que de todo, bueno y malo, tiene un poco.

Por el historiador Edo nos enteramos de que don Luis poseía un establecimiento tipográfico, una pequeña imprenta, en la cual se publicaba un periódico denominado "El Telégrafo", que posteriormente pasó a manos del propio Edo. Igualmente en esta imprenta se editaba, a intervalos, un folleto exclusivamente consagrado a temas relacionados con el teatro, “El Apuntador Teatral”. Por fin, y sirva esto de prueba en abono de la preocupación de don Luis por los grandes problemas de la industria cubana, en su establecimiento se publicó, en grabados, una colección de los ingenios que entonces se hallaban en actividad.

Tales ocupaciones no absorbían todo el tiempo de que disponía el dinámico ciudadano. Como es cierto que el cuidado de atender a las exigencias materiales de una familia numerosa –responsabilidad mayor para el jefe y cabeza de la misma-, tampoco apagó en su espíritu la afición por afanes de índole más elevada y en particular su devoción al teatro, que sobresalió entre todas las demás.

No hay duda, en efecto, de que el teatro, el escenario, sus artistas y todo cuanto con ello se relacionara, ejerció sobre el culto y laborioso madrileño una fascinación considerable. Dícese que vino a Cuba con idea de fundar una empresa editora de obras teatrales, propósito frustrado por algunos malvados que le sustrajeron, a su llegada, todos los originales de las obras que pensaba editar.

Sea de ello lo que fuere, es indudable que la historia del teatro, en la Perla del Sur, se halla ligada para siempre con el nombre de don Luis Martínez Casado, y que habrá de contarse entre sus cultores y animadores más destacados. No nos dejaremos arrastrar por la exageración, con la premeditada intención de darle brillantez al panegírico. Pecaríamos de parciales e inexactos, si dijéramos que en Cienfuegos, antes de don Luis, se carecía de teatro en absoluto. Sí lo hubo, pero sólo en forma circunstancial, y con vida muy precaria; desde luego. No hay más que pensar en que la ciudad aquella era de reciente fundación, y donde tanto quedaba por hacer, no era de presumir que sus habitantes se permitieran el lujo de sustraer su pensamiento a preocupaciones más urgentes para dedicarse a crear una obra de diversión y pasatiempo que, a más de una sólida inversión de dinero, exige una atención esmerada y una vigilancia continua para afianzarla y consolidarla.

en "Virginia", de Tamayo y Baus

 

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