LA ACTRIZ EN CUYA FRENTE HA BESADO DIOS

Luisa Martínez Casado
Ensayo literario sobre la vocación de una gran actriz y la vida de una gran mujer

Escrito por: Eduardo Martínez Dalmau
Obispo de Cienfuegos

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LA ACTRIZ EN CUYA FRENTE HA BESADO DIOS

Concluidos sus estudios en forma tan brillante, no le eran menester muchos esfuerzos para lograr que se incorporara su nombre en el elenco de cualquier compañía de teatro.

Esto era una gran ventaja, pero no todo. Para sostenerse allí y luego adelantar el rango dentro de su profesión, había de convencer de la verdad de su talento histriónico a otro tribunal, que preside otro juez -el público-, que hace reputaciones un día y las deshace al siguiente, de donde resulta el temor y espanto que inspira aun a los hombres de más acabado y sólido prestigio en el teatro.

Es innegable, señoras y señores, que quien se presenta delante del público para conquistarlo y dominarlo, acomete una empresa erizada de no pequeñas dificultades. Quizás no sean siempre tan difíciles los primeros pasos, sobre todo cuando el novel actor se escuda tras de un nombre respetable en la familia teatral o de una bien ganada reputación en otros órdenes. Pero para mantenerse en su favor año tras año, no basta el nombre ni la reputación, hay que ganarse su benevolencia superando, con éxito; las pruebas más fuertes. Un concepto exagerado de los propios merecimientos o uno menos exacto dé las exigencias del público, pueden dar al traste con una carrera en sus mismos comienzos, y arruinar el más risueño porvenir.

Luisa supo sortear los escollos en que otros naufragaron tan lamentablemente, porque si bien fué propósito decidido de toda su vida llegar a la cumbre de la fama, su equilibrio mental y la moderación con que refrenaba su natural ambición, la dispusieron a no arriesgar el todo por el todo en una sola batalla, a no tomar el baluarte de una sola acometida. Su táctica, de más modestas proporciones, consistió en evitar el ataque frontal, y reducir la plaza, ocupando uno a uno, como quien dice, sus principales baluartes.

Sus primeras representaciones en Madrid, como por ejemplo, "Mar sin orillas", de Echegaray -en diciembre de 1879-, se limitaron al desempeño de papeles de dama joven. Dada la excelencia de su actuación, a cuyo mérito daba realce su propia juventud, consiguió la aprobación de la crítica, que reparaba tanto en sus méritos como en su modestia. En 1881, tras haber recibido nuevas lecciones de su admirada maestra Matilde Díez -rasgo que abona en lo que decíamos de su prudente modestia-ya sintiéndose más segura de sí misma, más madura en la interpretación, con repertorio suficientemente extenso, decidió poner en ejercicio la plenitud de sus facultades dramáticas y emprender una gira triunfal por el levante español. Barcelona, primero, luego, Valencia y Alicante, premiaron sus esfuerzos con aplausos calurosos y reseñas triunfales en los órganos locales de publicidad. No de otra manera sucedió en Cádiz, Málaga y Sevilla y, por fin, Granada, donde, como es bien sabido, rindió ante el esplendor de su belleza juvenil y la gracia de su superior talento interpretativo, la admiración del inmortal Zorrilla. Este, tras de poner. con gesto romántico, tan acorde con sus gustos y sus aficiones, el amplio sombrero a los pies de la hueva señora del teatro de su patria, acercándose a ella, extático y embelesado aún por la manera en que la había visto representar, imprimía reverente sobre la frente mayestática de Luisa un beso fervoroso y alado, subrayando el gesto exquisito con otras no menos exquisitas palabras, que recogieran los presentes al encuentro de los dos grandes representantes del teatro, para trasmitirlos a la historia: ¡ Señora, dejadme besar en frente, donde ha besado Dios! ¡Era el homenaje que el astro inspirado de la poesía rendía al mágico numen de la interpretación!

El rumor de los aplausos conquistados en tan buena lid se dejaba oír en la capital, como se escucha en lontananza el rumor grave de la tempestad que se avecina. En un principio, comentarios vagos, confusos sobre los éxitos que cosechaba. A éstos se sumaban otros, y muchos más. La reputación de Luisa se acentuaba, compitiendo unos con otros en celebrar la riqueza de una voz timbrada y sonora; el dominio absoluto de los papeles; la verdad con que encarnaba personajes odiados o queridos. Por fin, Madrid, ese mismo Madrid que la había visto dar los primeros pasos, esperaba el momento de someterla a una prueba que había de ser decisiva fuera ya de toda imposición benévola, que es a modo de gracia concedida a los pocos años o a la inexperiencia.

La prueba llegó, y Luisa la superó triunfalmente. Sucedió estoen la temporada de 1884-85, en que se le dió el turno inaugural en el teatro Español, a presencia de los soberanos y en conjunción. con el mariscal del escenario español, don Antonio Vico. Ese día sí que fué el más feliz de su vida, porque era el que la llevaba, de veras; a la cumbre de todas sus ambiciones. Su nombre quedaba, grabado para siempre en los fastos de la gloria teatral, y aquí mismo, en tierras de América, sus compatriotas de Fernandina de Jagua sentíanse henchidos de orgullo repitiendo el nombre de quien supo poner tan alto el pendón del Castillo y de la Ceiba. Ya no recordaría a Cuba solamente por el nombre de la Avellaneda. Junto a ella había de colocarse a esta otra criolla, encarnación del talento de un pueblo llegado a un grado suficiente de desarrollo para pedir con las armas en el puño, cuando de otra manera no lo consiguiera, el derecho a su independencia política. La Avellaneda por un lado, Luisa Martínez Casado, por otro, sin siquiera pensarlo y menos aun desearlo, estaban justificando frente a España el movimiento de Yara, y preanunciaban lo que ya se estaba preparando y no tardaría mucho en suceder: la revolución triunfante del 95.
 

Otra caracterización de Adriana...

 

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