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Paseo
del Prado
Por
Lorena Espinoza
Escenario
del paso del tiempo, arteria vital de un día cualquiera, regazo de los
primeros amores, pasarela de las bellas damas y elegantes caballeros. Núcleo
social, avenida inevitable de todo aquel que quiera conquistar, conversar,
alardear o simplemente caminar.
Ese es el Paseo del Prado de la ciudad de Cienfuegos, ubicada a 240 kilómetros
de La Habana, justo al centro de la costa sur cubana.
Es el más abierto, el más sencillo, el más largo de toda Cuba.
Comenzó como un donativo de uno de los fundadores de la ciudad, Felix
Bouyón Turner, y el entonces Paseo de Vives no era más que una faja de
terreno lodosa, franqueada por dos zanjas cuya misión era arrojar los
desechos fluviales al mar.
Para 1911 la idea de hacer un paseo exclusivo, tomó forma y el actual
teatro Luisa fue su primera cuna. Allí el 11 de noviembre, en una velada
político-literaria fue recaudado el dinero con que los constructores Julián
y Carlos Rafael Sanz junto a Isaac Puga iniciaron su obra.
El nuevo paseo fue un acontecimiento social en la ciudad. El hasta
entonces céntrico Parque Martí fue desplazado. Caminar por largas
cuadras, era mucho más atrayente que dar vueltas y vueltas alrededor del
mismo lugar.
Hoy, en los albores del siglo veintiuno, el Paseo del Prado sigue siendo
el mismo. Catorce cuadras que día a día albergan a los cienfuegueros que
resuelven parte de su vida en ellas. Sigue en su eterno encanto y
contradicción.
Al amanecer los infaltables deportistas, riegan sus gotas de sudor.
Cuando rompe el sol, la apacible calle sufre una mutación.
Peatones, botelleros (practicantes del autostop), estudiantes,
somnolientos atrazados, hacen suyas las aceras.
Bocinazos, gritos, humo y rugido de motores, mientras automovilistas,
guaguas (buses), motos, taxis, coches y ciclistas disputan sin tregua la
calzada. Estos últimos con un privilegio de dioses. El Prado ha de ser la
única via del mundo donde los pedaleros transitan por el lado izquierdo.
Con la caída del sol, retoma su habitual mansedumbre. Desaparece ese despótico
y desenfrenado andar, propio de otras latitudes. Los portales que lo
coronan dan cabida al dominó, al ron, al tabaco y a una buena charla.
De arteria vital pasa a pulmón. Aquí los cienfuegueros respiran
aliviados, después de un día de lacerante sol, increíblemente sentados
en un portal, caminando despreocupadamente, refrescándose en uno de sus
bancos, viendo un pedazo de vida pasar.
Por las noches, revive su antigua elegancia. Tal y como lo describiera el
poeta español Alfonso Camin, el Prado es como un río de mujeres y
galanes que avanzan hacia el mar bajo un cielo entoldado de luceros.
Todos ellos, en el mismo ritual de hace un siglo muestran su gracia,
belleza, voluptuosidad y oratoria caribeña a quien quiera verlos.
Es probable que este Prado no sea tan majestuoso, ni tan bello ni tan
particular. Pero es como un reloj invisible que determina el ajetreo
diario, dándole a la ciudad sureña y portuaria cada día con su afán,
cada cosa a su tiempo
Tomado
de: El portal de la cultura en Cienfuegos.
www.azurina.cult.cu
Lorena
Espinoza
Periodista chilena residente en Cuba. Graduada en 1998 en la
Universidad de La Frontera, Temuco, Chile, se ha desempeñado en
diferentes áreas de su profesión. Actualmente su permanencia en Cuba la
ha hecho escribir de manera amena y liviana los aspectos que resaltan
tanto de la idiosincrasia como de la cultura cubana. Mirar con otros ojos,
escuchar con otro oído y sentir con otro corazón al diario vivir de los
cubanos, especialmente de Cienfuegos y sus alrededores. lorena@ip.etecsa.cu
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