Marilope

 

La Marilope

 

              Esta flor silvestre, de un brillante amarillo de azufre en sus cinco pétalos, se yergue sobre bellas ramas de hojas lanceoladas y aserradas color verde oscuro. Se abre a media mañana y se cierra por la tarde hasta el siguiente día.

              Dice el Dr. Grosourdy en su libro "El médico botánico", que "esa primorosa planta... se emplea con eficacia como pectoral aromático y cefálico; su uso es ventajoso, en las convalecencias largas tardías y trabajosas; muy útil también en el segundo período del catarro pulmonar, buena, además, contra la indigestión..."

              Su carácter de flor representativa de Cienfuegos, se baza en razones legendarias.

              Un español de apellido Lope cuyo nombre se ignora, se estableció hacia 1572 cerca del terreno que ocupa el Yact Club hoy convertido en el Palacio de los deportes náuticos de esta Ciudad de Cienfuegos capital de la náutica del país.

              Lope se unió a una india y tuvo con ella una niña bellísima, la cual, a medida que fue creciendo se convirtió en la joven más hermosa y codiciada por los hombre de jagua.

              Mari-Lope, tierna y hermosa mestiza heredó de su padre las facciones caucásicas y de su madre el tinto dorado de la piel, la negrura del pelo y de los ojos, la mirada ingenua y el natural sencillo.

              Era de genio vivo y alegre, hacendosa, enamorada de las flores y apasionada al canto. Con el mismo cariño con que cultivaba sus silvestres flores, cuidaba de las palomas y pájaros con mimo domesticados.

              Nadie como ella cantaba con más unción, los areitos religiosos, ni con más ardor los cantos guerreros, ni con más dulzura las historias amorosas de siboneyes y piratas.

              A todos sonreía con ingenua pureza, a ninguno despreciaba por baja que fuera su condición, pero a nadie mostraba predilección especial, como no fuera a los que le dieron el ser.

              Educada por un padre profundamente piadoso, había germinado en ella y florecido lozano el místico amor por lo divino. Su espíritu iluminado se recreaba en las cosas y figuras celestiales; su alma flotaba siempre entre las nubes y reflejos de la gloria y su más ardiente aspiración era ir al eterno Paraíso celestial ofrecido por Cristo a sus adeptos.

              Tal era Mari-Lope, la tierna y hermosa doncella. De más está decir que la admiraban y requerían de amores todos los jóvenes siboneyes de la comarca, de los que siempre había rondando alguno por las cercanías del bohío de Mari-Lope.

              Ella, casta y pura, consagrada a sus flores y aladas avecillas repartía los tesoros de su amor entre los que le habían dado el ser y Dios. Como en el caso de Azurina, hubo de penetrar en la bahía de Jagua una nave filibustera, en busca de reparación.

              La capitaneaba Jean el Temerario, pirata feroz, de mala entraña y peores instintos, joven todavía y de arrogante figura. Desfiguraban su rostro atezado, la dureza de la mirada y enorme cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda.

              Al ver a Mari-Lope, concibió por ella ardiente pasión, y sintió el deseo de poseerla; pero cuantas veces se acercó para hablarle de amores, otras tantas fue cortésmente rechazado.

              Tenaz y terco, no se dio por vencido el pirata, confiando que, si no de agrado, por fuerza había de obtener lo que se proponía. Una tarde la vio paseando en la solitaria playa. Cauteloso se acercó y le dijo:

Y bien, Mari-Lope, ¿persistes en despreciar mi amor?

He prometido no ser de ningún hombre; pertenezco a Dios. -le contesto ella-

              Jean era a su modo creyente, pero en aquel momento sintió el aguijón de los celos del Ser Supremo que le disputaba el amor de la mujer que él adoraba.

Mari -arguyó- el amor a Dios no puede impedirte que me correspondas.

            Es inútil, no insistas. No te amo. Puedo ser tu amiga, no tu amante. -le contesto ella-

Soy rico y valiente, señor de estos mares, que surco con mi bajel sin temor a nadie. Poseo inmensos tesoros y libre soy de apoderarme de cuantas riquezas estén a mi alcance. Ven conmigo; serás reina y señora, mis marineros tus vasallos, conquistaré para tí una isla, tendrás ricos trajes de seda y brocados, joyas las más costosas, esclavos dispuestos siempre a servirte y a satisfacer el menor de tus caprichos.

              Mari-Lope movió negativamente la cabeza y se limitó a responder:

Guarda para tí las riquezas que me ofreces: no las necesito. No puedo ser tuya, porque soy de Dios.

              Frenético de pasión y exacerbado por la negativa, Jean se acerca a Mari e intenta abrazarla. Logra ella, con esfuerzo sobrehumano, desprenderse de los hercúleos brazos que la enlazan y emprende veloz carrera.

              Próxima al hogar y cuando ya creía segura su salvación, algunos marineros de Jean salieron a su encuentro y a viva fuerza la detuvieron. Cuando llegó el pirata y quiso de nuevo retenerla entre sus brazos, brotó milagrosamente de la tierra, entre la doncella y su perseguidor, un tunal de agudas y penetrantes espinas. Jean, fuera de sí, saca del cinto su pistolete y dispara, hiriendo en la frente a Mari, que cae desplomada, al tiempo que una paloma de blancas alas se remonta por el aire y se pierde tras una nube. El brillo de un relámpago deslumbró a los piratas que al volver en sí vieron arder el cadáver de Jean y el tunal que tan prodigiosamente había brotado.

              En el lugar que éste ocupara, surge una rústica cruz, hecha de añoso tronco de cují, y como formando la peana de la cruz, aparecen hermosas flores color de azufre. La fantasía popular, siempre poética y creadora, representa a Mari vistiendo larga túnica amarilla, con una tosca cruz de madera al pecho, y tocada de largo y flotante cendal, coronada de flores de cují, llevando en la mano una cesta llena de las flores que llevan su nombre: Mari-Lope; por ser estas las flores que brotaron donde cayó muerta Mari-Lope,  flores de un intenso y hermoso color amarillo, que hoy nos recuerdan el nombre de aquella mestiza que prefirió morir a entregarse a quien no la merecía.  

SÍMBOLOS

Himno        Escudo        Bandera        Árbol

 

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Orquesta Aragón: Todavía Suena el Son Sabrosón - escrito por: Idania Machado

 

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