|
El Ateneo de Cienfuegos convocaba anualmente un Concurso para premiar la mejor Biografía o Ensayo inédito sobre cualquier persona que haya sido figura prominente en cualquiera de los aspectos creadores de la Ciudad. Este trabajo que ustedes
leerán fue presentado en 1956, y resultó ser el premiado. Se publico en ATENEA No.4 AÑO III,
Abril 1956 / Marzo 1957.
Acea,
el Benefactor I Un
cubano rico y culto, de humildad excepcional y nobles sentimientos
humanitarios, vivió en Cienfuegos la mitad final del siglo pasado y
primeros años del presente: Don Nicolás Salvador Acea y de los Ríos.
Era el mayor de tres hermanos, hijos del matrimonio formado por don
Antonio Acea Pérez y doña Regla de los Ríos, y había nacido en la
Villa de Nueva Paz, partido judicial de Güines provincia de La Habana, el
6 de diciembre de 1829. Muy
joven vino a Cienfuegos, a principios del segundo tercio del siglo pasado
en unión de sus padres, don Antonio y doña Regla, sus hermanos doña
Manuelita y don Francisco y de su tío don Nicolás Jacinto, que vino
soltero a Cienfuegos y aquí contrajo matrimonio con la joven trinitaria
doña Manuelita Hernández. Los
Acea se establecieron en las márgenes del río Damují, y allí
fomentaron dos grandes cafetales. Don Antonio era médico y don Nicolás
Jacinto abogado. Cuando el café de Cuba fue desplazado del mercado norteamericano a raíz del convenio de Estados Unidos con Brasil que en lo adelante ocupó el puesto de nuestra Patria como proveedora de café de los vecinos del Norte, los cubanos se dieron a la tarea de fomentar en gran escala el cultivo de la caña y la elaboración del azúcar. Muchos campos dedicados al cultivo del café fueron convertidos en grandes cañaverales. Los Acea no se quedaron a la zaga de aquel movimiento y convirtieron sus dos grandes haciendas en dos fincas cañeras, dos ingenios que llevaron los significativos nombres de “Dos Hermanos” y “Manuelita”. El primero fue demolido hace algunos años; y el segundo es hoy día uno de los ingenios más prósperos de la zona. II Cuándo
don Nicolás Salvador completó su educación secundaria, ya un joven
inteligente y despejado, quiso don Antonio, su padre, que siguiera su
misma carrera y lo envió a Francia a que estudiara medicina en la
Universidad de París. Comenzó
el joven Acea a estudiar su carrera de medicina en la renombrada
universidad europea. Poseía grandes aptitudes para el estudio de las
ciencias y en especial para la medicina dado su carácter noble y
humanitario, su inclinación a la investigación y espíritu hondamente
reflexivo. Pero el destino con frecuencia traza insospechadas rutas en la
vida de los hombres y así ocurrió en la de don Nicolás S. Acea. Mientras
él asiste a clases en la Universidad de París, en Cuba ocurren hechos
que harían variar totalmente el giro de su vida. El grave problema
esclavista latente desde principios de siglo se torna ahora en extremo
grave. En julio de 1841 se sublevan las dotaciones de los cafetales
“Perseverancia” y “Moscú”, y a estos levantamientos siguen los de
los ingenios “Arratia”, “Alcancía”, “La Luisa”, “La
Trinidad”, “Las Nievas” y “La Aurora”. Tales rebeldías son
perseguidas despiadadamente por las autoridades coloniales y culminan en
1844 con la ejecución de Plácido. A las sublevaciones de esclavos se
suman las primeras conspiraciones de espíritu separatista; son ejecutados
Agüero, Facciolo y finalmente Narciso López fracasó en su segunda
expedición. La fuga de esclavos y los primeros brotes de rebeldía
producen el natural impacto en la economía del país. Así las cosas
sobreviene en Europa una grave crisis económica que repercute de manera
funesta en la economía cubana. La producción azucarera mermó
considerablemente al perder nuestros crudos gran parte de sus mercados; la
situación se hizo tensa a causa de la escasez de numerario, la disminución
en los precios de nuestros productos de exportación y el alza del tipo de
interés de los préstamos. La paralización del comercio creó en el país
un estado agudo de miseria entre los habitantes de las ciudades y aún
mayor en los campos. A Acea en París llegan constantemente noticias de la situación imperante en Cuba. Don Antonio, su padre, quiere que continúe los estudios, aún a costa de algún sacrificio económico del resto de la familia, que veía cada día reducirse más sus fuentes de ingreso al precipitarse la industria en una de sus peores crisis. Algún amigo dejó ver a Acea la alarmante realidad del momento cubano. En
tal situación Acea considera prudente y justo no gravar más la economía
familiar con los elevados gastos que suponían sus estudios en la capital
francesa. Y decidido a enfrentarse con la nueva situación, abandona
voluntariamente sus estudios y regresa a Cuba a ponerse al lado de su
padre y comenzar así la larga jornada de trabajo constante, donde tantos
triunfos logró, hasta ver coronados sus esfuerzos con la fortuna. III Ya
instalado nuevamente en su ingenio “Dos Hermanos”, no tarda el joven
Acea en hacer amistad con el hombre más rico de Cuba por aquella época,
don Tomás Terry, hacendado multimillonario y viejo amigo y protector de
su padre.
Su estancia en la capital de Francia,
París, considerada entonces por muchos como la Capital del Mundo, le había
permitido observar de cerca grandes transformaciones que sufría la
industria europea en general. El roce constante con profesores y alumnos
en la universidad parisina, lo hicieron interesarse por las nuevas teorías
económicas que ya comenzaban a exponer los autores franceses, ingleses,
alemanes e italianos. Frente a los adelantos de la nueva y pujante
industria europea, donde la máquina jugaba papel fundamental, ponía Acea
el estado rudimentario de la industria en la Colonia, comprendiendo su
abismal diferencia.
Don Tomás Terry era un viejo liberal,
cosa nada común en aquellos tiempos, por cierto, y gustaba de charlar con
Acea frecuentemente de temas económicos y políticos. Admiraba Terry la
agudeza del joven Acea para el enfoque del complejo campo de la economía
y la política. Por esa razón Acea era visita frecuente de la casa de los
Terry. En el amplió portalón colonial, entre humos de habanos y tazas de
aromático café, comentarían Acea y Terry las incidencias del momento
isleño. Unas veces sería el constante aumento de los onerosos impuestos
que gravitaban sobre la economía criolla, el tema de la animada charla.
Para otras daría pie la nueva tesis de Economía Agraria para Cuba que
con extraordinaria visión histórica sustentaba el Conde de Pozos Dulces.
Pero también abundarían los temas políticos. Ya los cubanos más
prominentes de la época comenzaban a hablar de la corriente reformista
que alentaban figuras de gran ascendencia en la Isla, y Terry, que había
sido alcalde de Cienfuegos en 1856, no se sustraía de comentar el momento
político. IV El
4 de noviembre de 1865 tuvo efecto en la “Sociedad Filarmónica” de
Cienfuegos la reunión de los concejales y electores que habían sido
invitados por el alcalde don Juan Terry, para formar las candidaturas de
regidores que establecía la Ley y designar los concejales que habrían de
sustituir a los salientes. Conviene
hacer notar que las elecciones a que nos referimos no se practicaban a la manera
de hoy, es decir, consultando la totalidad de los vecinos con capacidad
para votar, sino que por mandato de la Ley sólo tenían derecho al voto los mayores
contribuyentes, quienes se reunían en asamblea en la que estaban
representadas las distintas profesiones y elegían en su seno a las
personas que ocuparían los cargos de concejales y los que formarían la
terna que se elevaba al Capitán General de la isla para que éste
designara las personas que debían ocupar los cargos de Alcalde, Primer
Teniente Alcalde y Segundo Teniente Alcalde. Finalmente elegían también
de su seno, a los dos regidores que señalaba la Ley. A
Cienfuegos correspondía elegir siete concejales y don Nicolás S. Acea
resultó electo en unión de don Tomás Terry. Y es así, del brazo de su
amigo y futuro suegro, como se inicia en la política don Nicolás S. Acea.
En lo adelante lo veremos ocupar en reiteradas ocasiones los cargos de concejal
y Teniente Alcalde. Durante los años 1866 y 1867 fue reelecto concejal de nuestro Ayuntamiento. Antes de seguir adelante, es bueno que
dejemos aclarado que los cargos municipales entonces eran indeclinables
una vez designada la persona que debía ocuparlos y además de su trabajo
no era remunerado económicamente, por lo que la labor de estos
funcionarios debe ser tenida como un verdadero servicio a la comunidad. V Las
frecuentes visitas del joven Nicolás S. Acea a la casa de los Terry, además
de la estimación de don Tomás, despertó el interés y la simpatía de
una frágil jovencita, hija del acaudalado hacendado, doña Teresita Terry
y Dorticós. La
mutua simpatía de los jóvenes se trocó en amor y con la aprobación de
don Tomás, que no vaciló en ofrecer a Acea la mano de su hija, se efectuó
el matrimonio de ambos en 1866, de cuya feliz unión nació en Paris el 10
de agosto de 1867, su primer y único fruto: Tomás Lorenzo Acea y Terry. De
regreso a Cuba, don Nicolás con su esposa y su pequeño hijo se instala
en su Ingenio. Su suegro, don Tomás Terry, no cabe en sí de gozo por el
nacimiento de su nieto. Tanta alegría le produjo el feliz advenimiento,
que aún en la cuna, como regalo, ofreció a Tomás Lorenzo uno de sus
ingenios: el “Esperanza”. La
alegría, la dicha, le felicidad en suma, parecían reinar en el hogar de
Acea. Ya don Nicolás, a fuerza de tesón y esfuerzo constante, había
logrado salvar a su ingenio de la ruina. Ya el viejo trapichón se ha
convertido, merced al espíritu progresista de su dueño, en un moderno
ingenio que utiliza los últimos adelantos de la época. Su hijo, su
idolatrado Tomás Lorenzo, crece y es un jovencito afable, modesto y
atrayente, de corazón puro que ha ido modelando con esmero su padre. La música
le atrae de manera notable. Pero
la felicidad completa resulta efímera en la vida del hombre. Aquella
felicidad no duró muchos años en el hogar de Acea. Muy joven aún, su
esposa doña Teresita enfermó gravemente y don Nicolás se trasladó con
ella a los Estados Unidos en busca de salud. Inútiles fueron los
esfuerzos realizados para lograr prolongarle la existencia. Víctima de la
temible tuberculosis falleció en tierras norteñas, siendo inhumados sus
restos en el cementerio de Greenwood en Brooklyn. Muerta
su esposa, hondamente afligido, vuelve Acea a su hogar en busca de
consuelo y trata de mitigar su dolor en el cuidado de su pequeño hijo Tomás
Lorenzo, que desde sus tiernos años presentaba una quebradiza salud. VI Mientras
esta tormenta espiritual se desata en el alma de don Nicolás S. Acea, está
en pleno apogeo la Guerra de los Diez Años. Acea, a pesar de su condición
de cubano, no tomó parte en ella. Hay muchas razones que explican su
actitud. Dos tesis fundamentales en lo político primaban en Cuba al comenzar la década de 1860-70: la reformista y la revolucionaria. Las analizaremos brevemente. La corriente reformista era sustentada por un buen número de cubanos que estimaba no llegado aún el momento de que Cuba se gobernara a sí misma. Entendían los reformistas que no estábamos preparados para ellos y que la república sería un completo fracaso. Propugnaban, pues, en lo político, un régimen de gobierno civilizado para la Isla, semejante al que disfrutaba Canadá con respecto a Inglaterra. La corriente reformista era alentada desde Madrid por el importante periódico "La América", y en Cuba, primero por el General Serrano y más tarde, en 1862, por el que le sucedió como capitán General de la Isla, el General Domingo Dulce y en el periódico "El Siglo" tenía su más alta tribuna. Se decían los reformistas, inspirados en los planes autonomistas de Varela, Saco y Domingo Belmonte y agrupaban en su movimiento a elementos de positiva influencia en la sociedad cubana como Morales Lemus, Aldama, Mestre, Nicolás Azcárate, José Ignacio Ramírez, Jorrín, José A. Echevarría y el Conde de Pozos Dulces. La otra tesis era la revolucionaria. Los de esta vertiente eran más radicales. Entendían que España jamás otorgaría mayores libertades a Cuba a no ser por medio de una guerra que arrojara de Cuba al gobierno colonial y a sus ejércitos. Luchaban los revolucionarios por el cese total de la dominación española en Cuba y la entrega de la Isla a los cubanos para su gobierno y dirección. de más está decir; porque es sabido, que su acción era secreta y sus planes comentados en voz baja en las tertulias políticas. Al frente del movimiento estaba un grupo de cubanos distinguidos, hombres de gran cultura y de fortuna. Lo encabezaban Carlos Manuel de Céspedes, Francisco Vicente Aguilera, Salvador Cisneros Betancourt, Ignacio Agramonte, Calixto García Iñiguez, Donato Mármol y otros. Don Nicolás S. Acea simpatizaba con los primeros. Era partidario del reformismo y tal vez a ello se debió su abstención del conflicto del 68. VII Terminada
la Guerra de los Diez Años, tras el Pacto del zanjón, se concedieron a
los cubanos ciertas libertades políticas y de prensa. Se organizaron en
toda la Isla dos grandes agrupaciones políticas: el Partido Liberal, que
más tarde se llamó Partido Liberal Autonomista y el Partido Unión
Constitucional, de matiz conservador. El 1º de septiembre de 1878 en el teatro “Avellaneda” se constituyó la delegación del Partido Unión Constitucional en Cienfuegos. Militaban en el Partido Unión Constitucional antiguos reformistas y cubanos ricos.
Abogaban los de Unión Constitucional en el orden político:
a) Por la aplicación de la Constitución Española en Cuba de forma integra. b) Aplicación en Cuba de las leyes que se hubieren dictado o se dictaren para asegurar el respeto recíproco de los derechos consignados en la Constitución y las leyes. c) Ley de responsabilidad judicial y adopción de medidas tendentes a moralizar la administración del país.
En el orden económico:
a) Supresión del derecho de exportación. b) Rebaja de los derechos en los artículos de primera necesidad. c) Tratado entre España y otras naciones, especialmente los Estados Unidos, que beneficiaran a Cuba sobre bases de reciprocidad. d) Protección al comercio, la agricultura y la industria del país. e) Arreglo definitivo de la deuda pública. f) Rebaja en los impuestos y gastos públicos. g) Atención preferente a las comarcas devastadas por la guerra.
En el Orden Social:
a) Abolición gradual de la esclavitud. b) Protección a la inmigración blanca.
Hemos
trascrito las proyecciones doctrinales del Ptdo Unión Constitucional
porque don Nicolás S. Acea fue fundador del Partido en Cienfuegos, laboró
en él desde sus comienzos y formó parte de la primera Junta de gobierno
del PUC en esta Ciudad. Conocemos, pues, el pensamiento político de don
Nicolás S. Acea. Entre
las reformas que se habrían de implantar en Cuba, convenidas en el Pacto
del Zanjón, estaba el cambio de régimen municipal. Con ese efecto fue
promulgada una nueva Ley para formar los Ayuntamientos. El de Cienfuegos
fue constituido el 7 de diciembre de 1878. Constituido este organismo se
procedió a la elección por mayoría de votos de las ternas de Alcalde y
tenientes de Alcalde que habrían de ser elevadas al Capitán General de
la isla para que éste seleccionara las personas que debían desempeñar
esos cargos. Acea resultó electo para formar la terna y más tarde
designado Segundo Teniente Alcalde por la Autoridad Superior de la Isla.
En las elecciones del 1ro. de julio de 1881, vuelve a ser electo en la
terna y es designado Primer Teniente Alcalde. En estas elecciones obtuvo
el triunfo la candidatura completa del Unión Constitucional al ir al retraimiento los miembros del partido Liberal Autonomista. VIII Desde
la pérdida de su madre, cuando era muy pequeño, su hijo Tomás Lorenzo
tomó gran cariño a doña Francisca Tostes y García, una mujer de gran
corazón que también se había encariñado con el huérfano. Por
corresponder al cariño que su hijo profesaba a doña Panchita y por
sentirse solo y necesitado de auxilio de una mujer, de una esposa que
hiciera las veces de madre de su hijo, contrajo matrimonio Acea en 1881
con doña Francisca Tostes, de cuya unión no hubo sucesión. A
principio de 1884, su hijo, que desde pequeño padecía de una salud muy
quebradiza, enfermó gravemente y los médicos recomendaron a don Nicolás
la necesidad de variar de clima. En unión de su esposa, se trasladó Acea
a los Estados Unidos, en busca de aire puro para los delicados pulmones de
su hijo en las montañas de California. Pero
ya la enfermedad había minado aquel frágil organismo y tras larga y
cruel agonía expiró a la edad de 17 años, el 25 de agosto de 1884. Su
cadáver fue sepultado en el Cementerio de Brooklyn, junto al de su
inolvidable madre doña Teresita Terry. La
muerte de Tomás Lorenzo, produjo un gran impacto moral en el espíritu de
Acea. En su hijo había puesto todas sus ilusiones, ya planeaba su vida
futura y la carrera que habría de darle. Empero, un cruel designio del
destino se lo arrebataba en plena juventud. Quiso entonces Acea liquidar
todos sus negocios en Cuba y radicarse definitivamente en Nueva York,
junto a sus queridos muertos. Un
gesto de desinterés que pone de relieve la calidad moral y la firmeza de
su carácter, se produce a la muerte de Tomás Lorenzo. Cuando devuelve a
su suegro don Tomás Terry el ingenio “Esperanza” que éste había
regalado a su hijo, por entender que el mismo debía volver a su
procedencia. IX Sólo
el optimismo, el consuelo y el aliento de su esposa, doña Panchita, logró
disuadir a Acea de su idea de abandonar Cuba y radicarse en los Estados
Unidos, devolviéndolo a su empresa industrial y a sus actividades públicas,
aunque en lo sucesivo el recuerdo de su hijo lo acompañará hasta su
muerte. En
1885 se celebran elecciones nuevamente y don Nicolás S. Acea se presenta
como candidato del Partido Unión Constitucional logrando resultar electo
concejal. Al Renovarse el Consistorio en mayo de 1887 es designado Segundo
Teniente Alcalde y éste será el último período en que Acea forme parte
del Cabildo Municipal. En
1894 vino a Cienfuegos comisionado por José Martí el patriota Agapito
Loza. Traía Loza la misión de realizar trabajos de propaganda de la
causa revolucionaria y la encomienda de recoger la suma de cinco mil pesos
con destino a la Junta Revolucionaria de Nueva York para fines insurrecciónales.
Logró Loza establecer contactos con varios cubanos ricos de Cienfuegos,
entre ellos con don Nicolás S. Acea quien hizo llegar al Delegado del
Partido Revolucionario Cubano José Martí, una fuerte suma de dinero. A
este aporte que Acea envió a Martí para la revolución hay que añadir
las muchas e importantes cantidades en dinero que por mediación de su
amigo don Antonio Oviedo, entregó al Club Patriótico “Gómez Toro”
de Cienfuegos. El
8 de noviembre de 1895, el funesto General en Jefe del Ejército Español,
Valeriano Weyler, ordenó la reconcentración de las familias campesinas
en las ciudades. En Cienfuegos fue numeroso el grupo de refugiados, Acea
trató de aliviar en lo posible la situación de las pobres familias
campesinas que se vieron condenadas al hambre y la miseria. Todos los
viernes hacia repartir la cantidad de cien pesos entre los refugiados en
los antiguos almacenes de don Diego Julián Sánchez, así como ropas,
camas y alimentos. Una
labor semejante en beneficio de los necesitados realizó cuando el bloqueo
americano a los puertos cubanos, en que se estableció en su ingenio
“Dos Hermanos” un depósito de bastimentos. Esto resultó de enorme
beneficio para la comunidad pues nuestro puerto estuvo bloqueado por los
buques de la armada norteamericana por espacio de varios meses. Su
grandeza de alma y amor al prójimo se manifestaron a través de toda su
vida, pero en especial en su etapa final, en que, ya retirado de sus
labores en beneficio de la comunidad desde puestos públicos, por razón
de su edad, supo ser útil a los necesitados y menesterosos. Muchos
fueron los amigos pobres que recibían mensualmente pensiones de este
ejemplar caballero. Unas veces eran obras de beneficencia, las que recibían
la generosa ayuda de Acea. Otras eran de tipo educacional, como por
ejemplo, el Colegio Montserrat que fuera orgullo de los cienfuegueros y
que mucho debió al insigne cubano. En otras oportunidades su ayuda llegó
a instituciones cívicas y culturales, como en el caso de la sociedad
“Liceo” que pudo sostenerse, gracias a su generosidad, sin pagar
rentas en una de sus propiedades en la calle Santa Cruz, durante los difíciles
tiempos de la Guerra de Independencia. X El
10 de diciembre de 1898 se firmó en París lo que la historia ha recogido
con el nombre de “Tratado de París”, por el cual España renunciaba a
toda soberanía sobre Cuba, lo que significaba el epílogo de la Guerra de
independencia y de la larga lucha del pueblo cubano pro obtener su
libertad de España. El 24 de diciembre del mismo año se dio a la
publicidad la proclama contentiva de los acuerdos y comenzó la evacuación
de los restos del último ejército español en América. Cienfuegos, a
causa de su exposición estratégica fue la última plaza en la Isla en
ser evacuada. Todo el ejército que quedaba en Cuba a fines de 1898 fue
concentrado en Cienfuegos en espera de barcos para emprender el regreso a
España. Había en Cienfuegos
a la sazón de diez o doce batallones de infantería, 800 ó 1,000 guardias
civiles y unos 2,000 movilizados. Al frente de las fuerzas españolas se
encontraba el General Jiménez Castellanos. Como medida de precaución y
como acuerdo expreso entre ambos mandos militares, español y cubano, se
prohibió la entrada en Cienfuegos del Ejército Libertador al mando del
General Higinio Ezquerra, que quedó acampado provisionalmente en las
afueras de la ciudad. Con
el objeto de auxiliar a la Brigada de Cienfuegos del Ejército Libertador y
asesorar al Gobierno Interventor en los asuntos municipales, fue nombrada
una Junta Patriótica, compuesta por prominentes cubanos de esta Ciudad.
Para presidir la Junta Patriótica fue designado don Nicolás S. Acea y de
los Ríos. La Junta Patriótica cumplió cabalmente el objetivo para el
que fue creada. Cientos de heridos fueron hospitalizados y atendidos,
prestándosele asistencia médica a los enfermos y desnutridos. Se proveyó
de ropa y calzado a gran parte de los soldados y se dio de comer a la
Brigada mientras duró – más de un mes – la permanencia en Cienfuegos
del ejército de evacuación. Como Acea había ostentado varios cargos en
el Ayuntamiento de esta Ciudad, poseía gran experiencia en el manejo de
los asuntos administrativos, por lo que su colaboración con el Gobierno
Interventor, fue de gran valor. XI El
14 de febrero de 1899 hizo su entrada en
Cienfuegos el Jefe Supremo del Ejército Libertador, General Máximo
Gómez, al frente de numerosas fuerzas mambisas. Lo acompañaban los
generales Alejandro Rodríguez, Francisco Carrillo, Javier de la Vega,
Rafael Rodríguez Boza, Higinio Ezquerra, el Coronel Joaquín Rodríguez y
numerosos jefes y oficiales. A dar la bienvenida a tan ilustre visitante
acudió lo más selecto de la sociedad cienfueguera y don Nicolás S. Acea
al frente de la Junta Patriótica. Mientras estuvo Gómez en Cienfuegos,
que era la segunda ciudad de Cuba que visitaba después de terminada la
guerra, fue huésped de don Nicolás S. Acea. Aprovechó su visita a esta
Ciudad el Generalísimo para invitar a los cubanos más ricos y prominentes
de Cienfuegos a cooperar en la organización de la nueva república.
Conociendo la brillante labor realizada por Acea al frente de la junta
Patriótica, quiso Gómez que Acea tomara parte en los trabajos de
organización de la república. Acea manifestó a Gómez su pleno
respaldo a la naciente república, aunque se excusó de tomar parte en el gobierno
municipal por razón de su edad. Contaba entonces setenta años. Los
últimos años de su vida, los pasó Acea en la tranquilidad de su hogar,
junto a su ejemplar compañera doña Panchita Tostes, iluminado
constantemente por el recuerdo de su inolvidable hijo Tomás Lorenzo. Al
acercarse el postrer momento de su eterno descanso, podía exhibir Nicolás
S. Acea, una vida fecunda y útil. Poseía una cuantiosa fortuna, que
pasaba del millón de pesos, lograda a base de su esfuerzo personal; era
un hombre extraordinariamente culto pues hablaba varios idiomas, entre
ellos, inglés, francés, español e italiano fue durante muchos años
apoderado del Barón de Blanc, esposo de doña Natividad
Terry, y sostenía con éste frecuente correspondencia en italiano.
Era respetado y querido en la sociedad cienfueguera a la que había
servido desinteresadamente desde distintos cargos públicos durante muchos
años. Su
muerte, ocurrida en esta Ciudad el día 7 de enero de 1904, constituyó
una sentida demostración de duelo. El Lcdo. don José Fernández Pellón,
tuvo a su cargo la oración fúnebre, que resultó una brillante pieza
oratoria que demostraba las múltiples facetas y grandes virtudes morales
y cívicas que adornaban la personalidad de don Nicolás S., Acea y de los
Ríos. Su cadáver fue depositado por espacio de cinco meses en la capilla
del Cementerio Municipal construida por la familia Acea y trasladado más
tarde en junio de 1904 para la ciudad de Nueva York, siendo inhumado en el
panteón del cementerio de Brooklyn que guarda los restos de su querido
hijo Tomás Lorenzo y de su inolvidable esposa doña Teresita. XII Unos
años antes de su muerte, el 10 de enero de 1897, dispuso Acea su
testamento, que aparece como apéndice de este trabajo. En las cláusulas quinta y sexta de ese documento aparece el
legado que jamás persona alguna ha dejado a los cienfuegueros. Disponía
Acea que al morir se separara de su capital la cantidad de trescientos mil
pesos dedicados a la construcción y sostenimiento de dos escuelas, una
para niñas y otra para varones y que la de varones tuviera anexa un
departamento de Artes y Oficios “a fin de que el que no sirva para una
carrera científica se dedique a un arte u oficio, según su inclinación
y capacidad intelectual, para que lleguen a ser hombres útiles para sí y
para la sociedad”. En otra parte de su testamento, en la cláusula
sexta, disponía Acea que al morir su esposa doña Panchita Tostes, el
resto de su capital se empleara en la instalación y sostenimiento de un
Hospicio para pobres. El legado generoso de don Nicolás S. Acea no tiene paralelo en la historia de la Ciudad, y hoy Cienfuegos cuenta con tres instituciones de Educación y Asistencia Social de primer orden. En
cumplimiento de la voluntad del ilustre benefactor, quedó inaugurado el
17 de septiembre de 1922, el Hospicio para pobres de uno y otro sexo y razas blanca y de color en un espléndido
edificio que a un costo de doscientos cuarenta mil pesos se construyó en
la parte sur de la Ciudad. Ese hospicio que llevaba el nombre de Nicolás
S. Acea estaba bajo el cuidado de la Congregación de las Hermanas de la
Caridad, dando albergue a cientos de ancianos desamparados y
menesterosos que en dicho Asilo recibían una esmerada atención. En
dos casas expresamente legadas por Acea, situadas en la calle San Carlos,
hoy Nicolás S. Acea, esquina Martí, se levantó un moderno edificio para dar
albergue a las dos escuelas para niñas y varones dispuestas por el
Benefactor en su testamento. El
día 1ro. de Octubre de 1929, fue inaugurada la Escuela para niñas.
Aunque la voluntad del testador era que fuera para niñas hasta la edad de
14 años, los Albaceas y las personas competentes consultados decidieron
organizarla de acuerdo con las orientaciones de la moderna pedagogía y
pusieron por límite de ingreso la edad de catorce años. Y para cumplir
el deseo expreso del Benefactor de que se impartiera en dicho Plantel a las jóvenes
“las máximas necesarias que sirvan después para ser buenas madres, que
a la vez dirijan por iguales sendas a sus hijos”, fue organizada como
Escuela del Hogar, por ajustarse más al pensamiento del Testador. Fue
dicha Escuela la segunda que se fundó en Cuba en su clase y la primera
del interior de la república. Se le puso por nombre, según se disponía
en el testamento, “Santo Tomás” La
escuela para varones, se organizó como Escuela de Artes y Oficios y fue
inaugurada el 16 de noviembre de 1932 bajo la advocación de “San
Lorenzo”, como dispuso el benefactor, alojándose en la planta baja del
edificio construido por la Fundación para las dos Escuelas. La
orientación de la Escuela se ajustó concretamente a los planes del Benefactor, esto es, proporcionar a los jóvenes pertenecientes a las
clases pobres, una enseñanza encaminada a producir obreros técnicos y prácticos
que actúen con éxito en el moderno ambiente de la vida industrial. Esta
es una escuela de aplicación científica a la industria, en donde los
alumnos reciben, en primer lugar, los conocimientos de la ciencia, y en
segundo, se ejercitan en la aplicación de esos conocimientos a la
industria práctica. Ofreciendo, como quería Acea, a los jóvenes, la
oportunidad de que “el que no sirva para una carrera científica, se
dedique a un oficio o arte, según su inclinación y capacidad
intelectual, para que llegue a ser útil a la sociedad y a sí mismo”. Pocas instituciones particulares en Cuba, desarrollan hoy día la función social de la “Fundación Benéfica Nicolás S. Acea”. En un país como el nuestro, donde la asistencia social se hace tan necesaria y es, en general, muy mal atendida, el Hospicio Nicolás S. Acea de Cienfuegos, brinda a la ancianidad desvalida un refugio seguro donde pasar sus últimos años. Las dos escuelas, eminentemente técnicas, contribuyen al progreso económico y cultural de la patria y de Cienfuegos, formando hombres y mujeres capacitados para ser útiles a la sociedad donde viven. Los jóvenes graduados de Artes y Oficios, llevando al campo de la industria todo el cúmulo de conocimientos prácticos y científicos adquiridos en las aulas, de que tan necesitado ésta nuestro país, con enormes riquezas naturales aún por explotar por falta de técnicos. Las jóvenes graduadas en la Escuela del Hogar, llevando al seno de la familia la formación moral e intelectual, en las aulas aprendidas, elevando así el nivel moral, económico y sanitario del hogar cubano y siendo guías experimentadas que habrán de conducir por iguales sendas, en el futuro, a los hijos de la patria.
Por este hermoso legado de tanta trascendencia para nuestra Ciudad, jamás
igualado por persona alguna en Cienfuegos, pero que debe servir de ejemplo y modelo a otros
muchos, en el corazón de los buenos cienfuegueros siempre habrá un
recuerdo agradecido para Acea, el Benefactor.
|
|